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marzo 28, 2011 Comentarios desactivados en fairplay
Hay ciertos juegos que solo pueden jugarse mientras creamos que el juego es otro, esto es, mientras no explicitemos las reglas. Por ejemplo, el juego del cortejo. Cuando un chico y una chica comienzan a salir, inevitablemente, se van evaluando, mejor dicho, puntuando. De hecho, esto es lo que tienen que hacer, si quieren llegar a un buen acuerdo. Que la chica vaya con una libreta con cien ítems, como quien dice, y el chico con un papelucho con tan solo uno es lo de menos. Ambos juegan el mismo juego: poder llegar a un trato, estrictamente hablando, a un con-trato. Si finalmente deciden formar una pareja, será porque ambas partes, en principio, creen salir ganando. La lógica es, pues, la misma que la del pacto comercial: lo que tu me das compensa lo que tu recibes de mí. Sin embargo, difícilmente llegarían a tratarse, si de buen comienzo dejaran muy claro que en verdad se trata de un negocio. Si el juego es posible es porque en principio creen que debería ser otra cosa. Y, por eso mismo, la filosofía, en tanto que te obliga a tomar conciencia de lo que debe permanecer en la oscuridad, resulta tan incómoda. No casualmente a Sócrates le apodaron «el moscardón», aunque hoy quizá hablaríamos, por casticismo, de «mosca cojonera». Aun y así, no deja de llamar la atención por qué quienes juegan el juego creen que el juego es en verdad otro. Como si la verdadera vida y la que se sigue de la adaptación no fueran por el mismo lado. Como si la verdad, por defecto un asunto minoritario, solo pudiera socialmente prestar un buen servicio en tanto que impostación.