the revolution

marzo 28, 2011 Comentarios desactivados en the revolution

Que los infectos fueran declarados iguales a los nobles, esto es, a los hombres y mujeres de vida real, esto sí que fue una revolución. Es decir, que los judíos y luego también los cristianos dijeran que, en el fondo, cualquiera, con independencia de cuál pueda ser su mérito, es el mismo gusano ante Dios, no es algo que se pueda digerir fácilmente. Se trata de una tesis inadmisible para quien conserve un mínimo de sensibilidad natural. Quizá porque nos hemos acostumbrado —porque hemos hecho de ello algo obvio— no acabamos de percibir el alcance de esta toma de posición. Más aún: que sean los infectos —los ancianos, enfermos, embrutecidos— y no los los hombres y mujeres de vida elevada quienes representen la verdad de lo humano es algo que humanamente no deberíamos aceptar. No hay modo humano de concebir la impotencia como una altura que deberíamos alcanzar. La cuestión, sin embargo, es si estamos o no ante una verdad, si se trata de algo que estaríamos obligados a reconocer aunque no podamos naturalmente hacerlo. Con todo, lo cierto es que la igualdad, una vez se ha transformado en una igualdad por defecto —una vez se ha convertido en algo constatable a simple vista— acaba siendo la excusa de una cultura que comprende como impostura cualquier intento de trascendencia, cualquier voluntad de elevación. Y aquí quizá se confirme de nuevo aquello de que es peor el remedio que la enfermedad. En el momento que se olvida que solo ante Dios, es decir, el Dios imposible de Job, todos los hombres son el mismo pobre hombre, la media se convierte en el techo de la existencia. No es verdad, por tanto, que los hombres seamos por defecto iguales. En verdad únicamente ante el Dios del séptimo día, los hombres son lo que son, la por en un grapat de pols. Y es que sin ese Dios, la igualdad no es más que la coartada de la mediocridad.

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