breve tratado de eclesiología

abril 18, 2011 Comentarios desactivados en breve tratado de eclesiología

Se da por descontado que quienes pertenecen a una comunidad cristiana auténtica poseen algo así como una experiencia de Dios. Que eso es lo que hace que su comunidad sea, precisamente, auténtica, verdadera, creíble… frente a una Iglesia demasiado formal e hipócrita. Sin embargo, puede que, a pesar de sus traiciones, haya más verdad en la vieja y cansada Iglesia que en las comunidades pretendidamente auténticas. Una experiencia de Dios es, sin duda, algo extraordinario —aunque también algo tremendamente ambivalente— y lo extraordinario, por defecto, no puede ser algo común. No es causal que quienes pertenecen a estas comunidades auténticas, sean progres o conservadoras, al querer forzar una experiencia que en modo alguno puede forzarse, acaben siendo, en el mejor de los casos, unos raritos y, en el peor, unos fariseos. También suele pasar, sobre todo en las comunidades más blandas, que se tome una cosa por otra, esto es, la experiencia de Dios por el gustito interior. En estas comunidades, no encontramos tanto raritos como onanistas espirituales, los cuales no pueden evitar hacer de Dios un consolador tamaño XXL, cosa, cuanto menos, sorprendente teniendo en cuenta que el Dios cristiano es un Dios que se revela como un Dios crucificado. En cualquier caso, la Iglesia, desde tiempos de Agustín, supo ver que su supervivencia, frente a la deriva aristocrática del gnosticismo, dependía de que no se exigiera a sus adeptos una ‘experiencia genuina’ de Dios, sino nada más, pero tampoco nada menos, que una férrea adhesión al testimonio de los mártires o, lo que viene a ser lo mismo, una ciega confianza en quienes habían experimentado desgraciadamente al Dios de los últimos días. Que todos los creyentes tengan una experiencia genuina de Dios solo es posible en los tiempos exasperados —y exasperantes— de los últimos días, aquellos en los que se creyeron hallar los primeros cristianos. Pero una vez se fue diluyendo la expectativa apocalíptica —una vez los cristianos dejarón de creer en la inminencia del Juicio Final—, la experiencia de Dios, que como tal es siempre la experiencia de los días finales, pasó a ser un asunto de unos relativamente pocos mártires. Decir que la Iglesia es siempre la Iglesia de los mártires significa, pues, que la fe es como el testigo que pasa de unas manos a otras, esto es, de las de los mártires a las de los simples creyentes. Y esto es, precisamente, lo que se olvida donde se da gnósticamente por descontado que cada creyente puede acceder por sí mismo a Dios, siempre y cuando se desprenda de la costra mundana que impide que conecte con la chispa divina que habita en lo más profundo de sí mismo. Pero un cristiano, solo recibe la fe de manos de otro, en última instancia, como bien supo ver Pablo, de un Crucificado que se identifica, en nombre de Dios, con los crucificados de la tierra. En este sentido, las comunidades eclesiales solo pueden ser —y deben ser— algo parecido a las peñas de un club de fútbol. En un club, los hinchas tiene muy claro que los que se la juegan en el campo son otros. Un hincha, sin embargo, sabe que puede también morir defendiendo la camiseta de sus jugadores… si las cosas se ponen feas en la grada. Un club que exigiera de sus socios la práctica del fútbol, sería un club que no podría pretender ninguna catolicidad. Es por eso que una Iglesia que no tenga clara esta diferencia entre quienes se la juegan y quienes participan del juego desde la grada, con sus gritos y sus banderas, está condenada a caer en cualquiera de las variantes del antiguo gnosticismo.

 

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