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abril 26, 2011 Comentarios desactivados en 3 en 1

Esto del cristianismo es muchas cosas en una. Cuanto menos, tres. De entrada, una expectativa apocalíptica, pues nadie pone en duda hoy en duda que los primerísimos cristianos estaban convencidos de que el fin era inminente. En segundo lugar y casi pisándoles los talones a los apocalípticos, vienen los gnósticos, los cuales tras la decepción creyente ante el evidente retraso de la parusía, intentaron comprender como el destino de una cuantas almas en pena lo que, en principio, debería haber sido un acontecimiento cósmico. Con los gnósticos, sea cual sea su calaña, comienza, de hecho, la deriva oriental del cristianismo. Finalmente, aparecen los dógmáticos, los cuales en su intento de mantener las raíces judías de una fe cada vez más proclive a Atenas, acabaron proclamando —y menos mal— algo tan delirante como la Encarnación de Dios, la cual en verdad solo puede darse, aunque esto suela decirse con la boca pequeña, como la inmolación misma de Dios. Pero, lo que conviene destacar aquí, es que la Iglesia, con el propósito de mantener prietas las filas, acabará jugando con todas las barajas a la vez. Por un lado, admitirá dogmáticamente que en la Cruz no muere solo el envíado de Dios, sino Dios mismo, aunque para poder tragársela doblada tuvo que decir que no fue estrictamente Dios, sino aquella Palabra que era una con Dios, etcétera. Por otro lado, con suma facilidad admitirá entre sus fieles a quienes viven de hecho una espiritualidad que podría perfectamente pasarse sin la Cruz… como si el único espíritu de Dios no fuera, en verdad, el de un Crucificado. No hay que ser muy listo para ver que estamos ante un cajón de sastre. Aunque estrictamente no sean los mismos, quienes comenzaron creyendo en las palabras de un profeta mesiánico, acabarán por confesar algo tan increíble como el descenso de Dios en una Cruz. No obstante, fue este desastre —esta especie de follón constituyente— el que dotó al cristianismo de la flexibilidad propia de los movimientos que marcan una época. Si el cristianismo se hubiera mantenido fiel a la expectativa apocalíptica de sus inicios, difícilmente hubiera sido algo más que una secta judía. Ahora bien, el peaje que ha de pagar el cristianismo por su supervivencia histórica es que sus adeptos deban preguntarse una y otra vez qué significa todo esto. O lo que viene a ser lo mismo: un cristianismo que se sienta deudor de la Torá, no puede menos que lidiar con el uso problemático, por no decir inviable, que hicieron los dogmáticos de las categorías del pensamiento griego, en su intento de hacer comprensible la fe cristiana a un mundo que aún pensaba a la manera de Platón. Otra cosa es que la Iglesia, aquí más serpiente que paloma, acabe por tolerar los malentendidos que genera ese intento. Por ejemplo, cuando se trata de defender la resurrección de los muertos, los dogmáticos fácilmente recurrieron al tópico platónico de la inmortalidad del alma. Lo que pasa por alto quien acaba entendiendo que, en el fondo, se trata de lo mismo, es que si se recurre a ese lugar común es para hacerle decir al griego lo que en modo alguno puede admitir griegamente, a saber: que los hijos de puta y sus correosas madres, los caídos en desgracia, aquellos que no pueden esperar ninguna elevación… también tienen alma. Más aún: sobre todo, ellos. En cualquier caso, a pesar de los ambivalentes esfuerzos por platonizarla, lo cierto es que la resurrección de los muertos es algo que solo tiene sentido en el marco de la esperanza judía en el Juicio de Dios o, por decirlo de otro modo, en el horizonte de unos tiempos finales en los que tanto los vivos como los muertos se encontrarán cara a cara con Dios. Así, cuando Pablo dice aquello que si Cristo no ha resucitado, vana en nuestra fe no está diciendo que la resurrección de Cristo sea la prueba definitiva de la inmortalidad del alma, como si esa resurrección demostrara de una vez por todas algo que anteriormente tan solo se había supuesto. Lo que Pablo está diciendo, entre otras cosas, es que o bien es cierto que solo quien encara al Crucificado encara en verdad al Dios de los últimos días, o bien la fe en un Crucificado es, sencillamente, ridícula. Sin embargo, resulta innegable que muchos cristianos de hoy en día no se hacen demasiadas preguntas. De hecho, muchos de ellos muestran sin rubor un santo desprecio por la especulación teológica… como si la fe en un Dios crucificado fuese algo que nace espontáneamente en el corazón de los hombres. Pero no diría que su falta de inquietud se deba a que poseen una fe ciega, sino porque, en el fondo, tanto les da un dios que otro. Lo dicho: vana será la fe, si...

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