veo veo
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en veo veo
¿Cuál es la moraleja de la Cenicienta o cualquiera de sus múltiples variantes? Pues que el valor de una mujer dependerá del juicio de un príncipe. Es decir: que el sí o el no de su existencia —su peso en oro— se decide en el corazón de un hombre, en principio, extraordinario. Una mujer, por lo común, cuando se compra una blusa se pregunta si a él le gustará. No suele hacerlo un hombre. Aquí no vale decir aquello de «pues, yo me visto con lo que me da la gana…». Al menos de entrada, una mujer se gusta a sí misma siempre y cuando crea que puede gustarle a un hombre. La cuestión es si eso es todo lo que hay. Y la respuesta es que depende. Si la mujer es muy básica, entonces no hay más cera que ésta. Si es, por el contrario, inquieta, entonces no podrá evitar reflexionar, literalmente, volver sobre sí misma, cuestionar su propio interés, negarse… Y, solo por haber hecho problema de sí misma, ya se encontrará, en cierto sentido, más allá de sí misma, estrictamente, más allá de su cuerpo. Con todo, el hipotálamo —esas neuronas reptiles que habitan en las capas más profundas de nuestro cerebro— sigue ahí, marcando el paso, secretando imágenes inviables, fantasmas. Y quizá por eso mismo no sea posible una vida elevada sin dejar atrás esos fantasmas sobre las que reposa la ilusión de una vida feliz. No hay madurez que no pase por el sacrificio del niño. O, cuanto menos, por distanciarse irónicamente de sus esperanzas. Puede que, en el mejor de los casos, el niño regrese, aunque con otra ingenuidad, en los días finales. Puede, así, que sea cierto que la felicidad es tan solo un asunto de ancianos o terminales. Al fin y al cabo, la oportunidad de los débiles.
(¿Machismo? No creo. Más bien, un así son la cosas. Como si los hombres no tuviéramos que lidiar con nuestros espectros.)