morosidad
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en morosidad
Muchas veces pienso que el lenguaje habla por sí mismo. Que para pensar basta con escuchar lo que decimos. Como si no pudiéramos pretender otra cosa que caer en la cuenta de lo que ya sabemos. Así, por ejemplo, un culpable era, originariamente, aquel que no conseguía saldar su deuda, lo que se dice, un moroso, un insolvente. Un culpable sería, pues, alguien con una obligación pendiente. Y de ahí procede esa incisiva verdad católica del pecado original: que existimos como culpables, como aquellos que no quieren saber nada de la deuda que contrajeron al nacer. En este sentido, hay mal, no porque no sepamos hacer las cosas bien, sino porque somos así: hombres y mujeres que creen poseer un mundo que en el fondo recibieron como el testamento de un Dios que decidió descansar para que pudiéramos seguir con vida. Que modernamente un culpable no sea más que un trangresor, alguien que ha hecho algo mal pero que no es, en esencia, malo; que prefiramos, pues, olvidar la falta de donde venimos, para así poder creer que en el fondo somos unos buenos salvajes, no hace más que confirmar lo dicho: que vivimos de espaldas a nuestro acreedor. Por tanto, no debería extrañarnos que sin deuda que saldar, no seamos más que simples cuerpos sometidos a fuerzas. La inanidad y el aburrimiento campan a sus anchas en un mundo en donde la única emoción es la del juego.