Elena Francis

mayo 4, 2011 Comentarios desactivados en Elena Francis

En el «consultorio» del Cosmopolitan del pasado mes de febrero, una chica se pregunta si es posible estar enamorada de dos hombres a la vez. De hecho, ella lo está, según parece, pues se acuesta, aunque alternativamente, con su novio y el mejor amigo de su novio. La respuesta de la psicóloga de la revista es previsible: se trata de algo natural; que si se siente culpable es porque nuestra cultura tan represiva —tan católica— no puede admitir lo que debería admitir como algo normal, pues nadie, insiste la psicóloga, puede pretender el monopolio de nuestro corazón. Hasta aquí la transcripción aproximada de la respuesta. ¿Tiene razón? En lo que respecta a la descripción del hecho, no hay duda: los sentimientos más epidérmicos —y no tan epidérmicos— son, ciertamente, fluctuantes. Lo natural es que a ellas les guste el hombre que les da seguridad —el posible padre de sus hijos— y el canalla. Como también es natural que al hombre se sienta atraído, con intensidad variable, por la madre y por la fácil. El deseo —y no hay que ser un Freud para saberlo— oscila entre figuras antitéticas. Lo deseable sería un canalla que te dé seguridad —o una mujer de putamadre—, pero ya sabemos que este ideal no es de este mundo: un canalla no puede, por definición, darte la tranquilidad que buscas. Pues bien, hasta aquí lo natural. La cuestión es si lo natural constituye una última instancia de lo humano. Supongamos, por un momento, que en realidad no hubiera ningún problema con que esa chica pudiera salir con dos —o más— chicos a la vez. Que no hubiera nada que objetar a que uno de esos mismos chicos le dijera a su chica que ese finde no podrán quedar porque él y una amiguita de ella han decidido alquilar un apartamento en Cadaqués… Que todo fuera buen rollo. Como cuando vamos al WoW —el mejor bar de BCN, sin duda— y un día tomamos una Moritz y otro una Coca-Cola. Supongamos, pues, que en ese mundo hubiera un hombre que le dijera a una mujer: contigo hasta la muerte. ¿Cómo le veríamos? ¿Cómo alguien que no sabe lo que dice? ¿Cómo un iluminado? Probablemente, si solo se basara en el me gustas mucho. Pero no me atrevería a decir que fuera un chalado, si detrás de su confesión estuviera ese sentido de la deuda que hoy tanto encontramos a faltar. Nadie puede declarársele en verdad a alguien diciendo aquello de en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad… si no le debe, en cierto sentido, la vida. Es muy difícil que ese amor, de darse en ese mundo, no se revelara como la medida de cualquier otro amor. Como si el amor verdadero —una respuesta más que una pasión— no fuera posible para el consumidor, sino solo para quienes viven, como quien dice, en precario. Se confirma, una vez más, que la indigencia moral de nuestra época tiene que ver con el hecho de que aquellos que tienen autoridad —aquellos que pronuncian esas palabras que caen por su peso— no son quienes están de regreso, esos ancianos, sino esas psicólogas de cursillos a distancia cuyo mayor mérito es el de no depilarse el bigote para que al menos puedan creer que, si no gustan a los hombres que saben de qué va el juego, es porque ellas aún tienen dignidad.

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