no hay día sin noche

mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en no hay día sin noche

Aquellos que ofrecen sin pestañear una solución a la existencia deberían preguntarse qué valor están dispuestos a sacrificar por esa solución. Para nuestra mentalidad mercantilista, el coste es aquello sin valor: lo que vale es, precisamente, lo que se consigue con ese coste. Así entendemos que el dinero no vale nada por sí mismo, sino solo en la medida en que puede comprar aquello que vale en verdad. Pero la verdad de la existencia sigue siendo la misma de siempre, a saber, que no hay valor sin el sacrificio de algo igualmente valioso. Esto es: que todo logro entraña una pérdida significativa. Cuando los antiguos sacrificaban a sus vírgenes en el altar para conseguir el favor del dios de turno, no se desprendían de lo que carecía de valor. Al contrario: era la pérdida que tenían que asumir para conseguir lo que en ese momento era necesario —que cesara la peste, que pudieran librarse del enemigo, que regresara la fertilidad…—. De este modo, podemos fácilmente admitir que la felicidad pasa, por ejemplo, por librarse del sentido de la culpa. Que basta con andar por ahí sin remordimientos para alcanzar finalmente una vida dichosa. Pero al arrojar el agua de la culpa, arrojamos también al niño de la genuina libertad, aquella que arraiga, precisamente, en una insatisfacible deuda por satisfacer. ¿Acaso debería extrañarnos de que, hoy por hoy, henchidos de la inocencia del buen salvaje, nos falte carácter como para ir hasta el final? No hay que ser Heráclito para comprender que la estupidez consiste en creer que puede haber luz sin oscuridad, bien sin mal, bendición sin culpa.

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