ella dice «yugur»…
mayo 12, 2011 Comentarios desactivados en ella dice «yugur»…
Aquí la cuestión sigue siendo la de siempre. Y es qué hacemos con el cuerpo. Los simples dirán: pues gozarlo, mientras se pueda. Pero el cuerpo —nuestro cuerpo— no es solo un receptáculo de posibles placeres, sino la matriz donde se incuban los mandatos más elementales. Una mujer puede, por ejemplo, aspirar a lo más alto en esto del amor, a la entrega incondicional de un hombre extraordinario. No obstante, lo más probable es que cuando se le pase el arroz, el cuerpo le exija pillar al primer sapo que se encuentre por ahí. El cuerpo tiene, sin duda, diferentes recursos para convencerla. Así, o bien le susurrará al oído aquello de que no hay nada en verdad extraordinario; que las historias extraordinarias son un espejismo. O bien le contará otro cuento: el de la bestia que se convierte, por amor, en príncipe. Sea como sea la vieja división platónica entre el cuerpo y el alma sigue ahí como el modo más imaginativo y, por tanto, más originario de exponer el conflicto entre las diferentes voces que habitan en nuestro interior. Hoy en día nos resulta difícil seguir dando por buena la existencia de un fantasma interior. Quizá preferimos hablar, aunque no se trate de lo mismo, de la tensión entre naturaleza y cultura, por ejemplo. Nuestra cosmología —y los discursos sobre el sentido de la existencia son más dependientes de la visión del mundo de lo que de entrada pudiéramos suponer— no nos permite decir legítimamente cualquier cosa que nos pase por la cabeza. El mundo infinito y homegéneo de Giordano Bruno —nuestro mundo— no admite otra divinidad que la que se identifique con la naturaleza. Sin embargo, en cualquier caso, la cuestión sigue siendo la misma: a quién hemos decidido seguir, si es que se trata de una decisión. Es obvio que la respuesta platónica —la de dejarse elevar por el anhelo del alma— se ha quedado modernamente sin imágenes. Con todo, el ilustrado desprecio de la imaginación, puestas todas ellas del lado de la falsedad, nos obliga a pagar el alto precio de una falta de integridad, pues sin ciertas imágenes inviables, el cuerpo no puede seguir las últimas visiones del alma, las de un imposible más allá. Sin el recurso de la imaginación, el cuerpo va por un lado y el alma por el otro. Así, por ejemplo, es difícil abrazar la trascendencia de Dios, si de algún modo no puedes ver al desgraciado como la encarnación del Dios de los cielos. Somos nosotros, hombres y mujeres ya familiarizados con el pensamiento abstracto, quienes nos tomamos a la ligera esta imagen: de hecho, el creyente moderno cree en ella como si tal cosa. Pero quien piensa en imágenes —ese primitivo— sufre hasta el tuétano la efectiva imposibilidad de esta imagen. Un cuerpo solo puede creer, esto es, arrodillarse a través de las imágenes increíbles de la fe. Sin la visiónes últimas del alma, el cuerpo solo puede creer infantilmente. Pero sin el conocimiento sensible que proporciona la imaginación, la visión más nítida se queda sin arraigo. Y es que si no nos sigue el cuerpo, no hay más que vana especulación. Por eso no debería soprendernos en exceso que la situación del cristiano moderno sea una situación esquizoide: o bien cree con el cuerpo, pero su alma está ciega; o bien su alma ha visto lo que hay que ver… pero desde su sillón. Por suerte aún nos queda el AT como esa raíz de una muela a medio arrancar. Pero este es otro asunto, un asunto que afecta a la entidad misma de Dios, algo que un cristianismo demasiado satisfecho con su Dios difícilmente admitirá. As usual.