la dispersión
mayo 25, 2011 Comentarios desactivados en la dispersión
Cuando alguien me dice que no tiene palabras para expresar lo que siente suelo tomármelo al pie de la letra: él no tiene esas palabras. Pero la lengua anda casi sobrada. Solo para un diccionario las palabras ‘asombro’, ‘estupefacción’, ‘admiración’, ‘estupor’… son equivalentes. Si las tenemos es porque las necesitamos: porque no tratan exactamente de lo mismo. Las palabras importan, pues sin palabras los sentimientos son ciegos… y es sabido que un ciego no suele ir muy lejos. Los sentimientos no pueden dirigirse a nadie, si no es con la palabra. Prueba, si no, a decirle a una mujer que, a pesar de la intensidad, no sabes lo que sientes por ella… Con todo, es indudable que la realidad tiende a escaparse de nuestros intentos de designarla. La realidad persiste en mostrarse como eso que no acaba de ser lo que parece. Eso que tenemos ahí no acaba, pues, de coincidir con lo que captamos sensiblemente de él. Es, por tanto, único. Y si algo no acaba de coincidir con lo que parece es porque no admite ser descrito con esas palabras que, por defecto, pueden o podrían aplicarse a otras cosas. O por decirlo con precisión quirúrgica, la realidad no es cosa. Aunque las cosas tiendan a ser únicas —no hay dos Rochefort iguales—, las cosas solo podemos comprenderlas —al fin y al cabo, tratarlas— como un caso particular de un rasgo general o, cuanto menos, generalizable. Ahora bien, lo cierto es que si hay algo ahí es porque no sabemos —porque no podemos saber— qué hay, en definitiva, ahí. Todo se encuentra sometido al tiempo y, por tanto, no acaba de ser. Pero esto es así porque la realidad es solo una idea cuyo referente es siempre posible, nunca algo actual. No obstante, para mostrar este carácter faliido —inefable— de la realidad es necesario que fracase una y otra vez nuestra voluntad de apresarla. Decir antes de tiempo ese típico no sé qué decir tiene más que ver con el yo que muestra impunemente su ignorancia —como si esa ignorancia fuese más auténtica…— que con la realidad propiamente dicha.