una cosa por otra

junio 19, 2011 Comentarios desactivados en una cosa por otra

La espiritualidad transconfensional —ésa en la que todos los gatos son pardos— posee, sin duda, sus efectos compensatorios. Así, uno se toma un respiro en una celda monástica para caer en la cuenta de la importancia de esas cosas sin importancia… y sale como nuevo. Ciertamente, aquí da igual que eso se haga en nombre de la nada o vete tú a saber qué dios. Lo decisivo es alcanzar aquello que se pretende: una mayor profundidad de campo, una visión de las cosas que no solo tenga en cuenta nuestro interés más o menos inmediato. Y, efectivamente, es muy posible que nuestra salud espiritual dependa en gran medida de las sintonías de la materia. Al fin y al cabo, será verdad que, si todo es vibración, no podemos hacer la guerra por nuestra cuenta, como si las cosas que nos rodean fueran simplemente cosas a nuestra entera disposición y no esas cosas de las que formamos parte. Ahora bien, en esta visión del asunto, los hechos tienen la última palabra, aunque algunos de los cristianos transconfesionales de hoy en día intenten dorar la píldora y darle el nombre de Dios a ese hecho último que es la energía positiva. Sin embargo, no parece que cristianamente los hechos deban tener la última palabra, al menos para los millones de hombres y mujeres que, a la manera de Job, no saben qué pensar de una divinidad que igual que te da la vida, te la arranca injustamente. No es casual que el Dios que ha de resucitar a los muertos sea un Dios incompatible con el mundo. Ni tampoco es casual que a los que ya no pueden esperar nada del mundo —aquellos que han visto a sus hijos morir degollados en el altar del mundo— no les dé igual en quién depositan su confianza. Han sufrido demasiado la nada de Dios como para que se pongan a gimotear con la nada que, según algunos gurús, se encuentra en las más altas cumbres de la existencia.

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