más carne en el asador
junio 20, 2011 Comentarios desactivados en más carne en el asador
En la segunda entrega de «solomillo de 200» me refiero a la escena en la que una hija trata a su padre como si fuera un mierda. Una amiga me comenta que bien pudiera ser que ese desprecio estuviera justificado porque el padre la hubiera, por ejemplo, maltratado en su infancia. El comentario, en principio, parece estar bien enfocado. Sin embargo, al pretender justificar a la adolescente es muy probable que caigamos, una vez más, en esa falacia tan moderna de confundir la explicación con la justificación. Antiguamente, un padre era, antes que nada, un Padre, esto es, aquel que, entre otras cosas, te había dado la vida al fecundar el cuerpo de tu madre. Su particular modo de ser podía encubrir en mayor o menor medida esta realidad, pero lo cierto es que no la eliminaba. Un padre seguía siendo un Padre por muy hijo puta que fuera. Al fin y al cabo es muy simple: un hijo le debe la vida al padre que se la dió… aun cuando fuera amargamente. De hecho, porque hoy en día hemos perdido el primordial sentido de la vida —quizá porque la muerte ha dejado de estar presente en nuestras ciudades fortificadas— un padre actualmente es solo aquel que se encarga de tu infancia con mayor o menor habilidad. Un padre ya no representa nada más que un gestor al que le tienes cariño… siempre y cuando te trate bien. Esto es, la relación entre padres e hijos tiende a inscribirse en el contexto del resto de los contratos. Sin duda, lo que haya podido ocurrir entre ese padre y su hija puede explicar perfectamente esa falta de relación. Pero en modo alguno el desprecio quedaría justificado para quien aún poseyera un cierto sentido de la vida. Y es que cuando la vida se encuentra asegurada, al menos hasta cierto punto, la vida parece valer solo como una dolce vita.