la chute
junio 23, 2011 Comentarios desactivados en la chute
Quienes afirman con excesiva facilidad que Dios asumió la condición humana —esto es, quienes declaran la encarnación de Dios sin el más mínimo estupor— es que probablemente no sepan de qué va esto de Dios. Cualquiera que sepa qué significa la palabra «Dios» sabe que la identificación entre Dios y el hombre es, por defecto, inviable. Es como si dijéramos que un hombre ha pasado a ser un chimpancé. En principio, solo caben dos posibilidades. O bien, el hombre se ha vestido con la piel del chimpancé. O bien, el hombre se ha convertido, por arte de birlibirloque, en un chimpancé. En el primer caso, el hombre no asume en realidad la condición del mono. Simplemente hace de mono. Parece un mono, pero no es un mono. En el segundo, tenemos algo literalmente increíble. Los antiguos admitían la posibilidad de que un hombre pudiera convertirse excepcionalmente en una divinidad. Y, de hecho, hoy en día defendemos algo parecido cuando le damos la razón a Darwin. Pero lo que los antiguos no concebían en modo alguno es que un dios pudiera dejar de ser divino… de la misma manera que hoy no admitimos la posibilidad de que un hombre pueda regresar a la situación del mono. Por tanto, un Dios encarnado —esto es, un Dios que se da por entero en la figura del Crucificado— es, por definición, un Dios que renuncia a su divinidad, un Dios que cae. Y un Dios caído no puede seguir siendo Dios en el sentido originario de la palabra, del mismo modo que ningún hombre puede mantenerse en su humanidad, si por causas que se nos escapan, amaneciera convertido en chita. No es casual que para digerir lo indigerible, algunos de los primeros cristianos hicieran de Dios un espíritu, pues, sin duda, resulta más facil admitir que Jesús de Nazareth estuvo poseído por Dios, como en el caso de los endemoniados pero en bueno, que a un Crucificado que carga con el peso de un Dios que decide inmolarse en una Cruz.