al pie de la letra
junio 24, 2011 Comentarios desactivados en al pie de la letra
Decir que el hombre no puede sobrevivir a Dios —tal y como se dice en algunos pasajes centrales del AT— supone decir al menos un par de cosas. La primera: que el hombre no puede vivir por encima de Dios. (Pero esto ya lo sabíamos, aunque solo fuera por definición.) La segunda, que Dios y el hombre no pueden ocupar el mismo espacio. Que donde hay Dios, el hombre no puede seguir siendo lo que es. Ahora bien, de esto último se desprende, precisamente, que donde hay hombre, no puede haber Dios. O lo que viene a ser lo mismo: que Dios no se hace presente en el marco de la existencia del hombre. Dios no puede tener lugar en el mundo. En este sentido, Dios sería una divinidad que no se hace presente como tal. Ni siquiera indirectamente a través de indicios. En bíblico, Dios —el Dios de verdad— no es aquél que se encuentra por detrás de los prodigios. Es obvio —o debería serlo— que estamos ante algo así como un sinsentido. Pues, si es verdad que todo cuanto es se hace presente de un modo u otro ¿cómo puede ser —cómo puede darse— un Dios cuyo modo de ser no es el de la presencia? El testigo, como sabemos, solo puede dar testimonio de la espalda de Dios (Ex 33). Bíblicamente, Dios no se ofrece en el modo del tiempo presente, sino como el por-venir de lo que fue. La re-ligación creyente no se realiza, por tanto, en el presente a la manera de las religiones sacrificiales. Una divinidad demasiado presente —una divinidad con la que podamos tratar— es, en cualquier caso, una divinidad aún demasiado pagana —demasiado campesina— como para que merezca una fe. El presente no es judíamente el tiempo del religare, sino el tiempo de la obediencia, el tiempo en que el hombre debe responder a la demanda en la que consiste el espirítu un Dios ausente. La historia, el tiempo del eclipse de Dios, es tan solo el tiempo que transcurre entre los hombres, hombres que sufren, justamente, la altura de Dios. Etsi deus non daretur.