fe
julio 3, 2011 Comentarios desactivados en fe
Que Dios exija fe, es decir, confianza en vez de sacrificios ya nos da a entender que no estamos ante una divinidad entre otras. Un Dios que dice confía en mí —un Dios que reclama una ciega obediencia— no es un dios con el que uno pueda conseguir un buen trato. Más bien resulta intratable. Todo posible pacto es continuamente pospuesto, todo intento de obtener de Dios un favor a cambio de nuestras ofrendas es postergado una y otra vez, como si Dios nos dijera que nos olvidáramos de Él en el tiempo presente, esto es, el tiempo en donde solo cabe cumplir con lo mandado. No es Dios quien debe responder al hombre, sino el hombre quien debe responder a Dios, mejor dicho, a sus heraldos, los huérfanos. Primero haz lo que te digo y luego ya veremos. Y esto es muy distinto de los intercambios que pudiéramos mantener con fantasmas, antes denominados ángeles o demonios, en cualquier caso, espíritus que nunca reclamarán nuestra fe. Basta con tenerlos presente, basta con saber que están ahí. Es una lástima que el cristianismo echara todo esto por la borda —o casi— cuando, con el objeto de sobrevivir a la crisis de las expectativas apocalípticas que constituyeron su sentido originario, decidiera traer a Dios de nuevo al presente, haciendo de Dios una voz tan íntima que solo era cuestión de tiempo que alguien se atreviera a decir que para ese Dios ya me valgo yo solo.