Dt 6
julio 19, 2011 Comentarios desactivados en Dt 6
En Dt 6 encontramos lo siguiente: «escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu mente todas las cosas que hoy te he dicho, y enséñaselas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes, y cuando te levantes. Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente, como señales, y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa.» Se trata, como sabemos, de la plegaria fundamental del pueblo judío. Ahora bien, ¿cómo puede exigirse el amor? ¿Cómo puede mandarse? ¿Qué puede significar amar a quien no ves o, lo que es más desconcertante, a aquel que, como Señor, se le debe tanto la bendición como la desgracia (Is 45, 7). ¿Cómo cabe amar a un Dios que, al mismo tiempo, deberíamos temer? (Is 8 11-13; Sal 34, 11; Flp 2 12-13…) Más aún: ¿cómo es que se hace necesario grabar en nuestra mente lo mandado por Dios? ¿Acaso es posible olvidarlo? Todo esto, al fin y al cabo, resulta muy extraño… Y es que quizá sea cierto que la irrupción misma de la alteridad, la posibilidad misma del Rostro, dependa de la frágil esperanza del hombre. Como si la realidad misma de Dios —ese por-venir— solo pudiera preservarse en la fidelidad creyente. Como si el temor de Dios, el temor tan humano de sufrir el rechazo o la falta del Padre, no fuera otro que el envés del temor de una divinidad que se puso demasiado pronto en manos del hombre.