lumen dei
julio 23, 2011 Comentarios desactivados en lumen dei
En la mayoría de las religiones, la divinidad —o si se prefiere la cosa última— se identifica con la luz. No debería, pues, extrañarnos que la transfiguración —la posibilidad de una vida resplandeciente— sea el objetivo último de la práctica creyente. En buena parte de la literatura ascética, aquel que alcanza la perfección espiritual es considerado como una especie de columna de fuego. Del mismo modo que la luna ilumina porque refleja la luz del sol, los ojos del hombre espiritual irradian el resplandor que contemplan. Las metáforas son múltiples, pero todas apuntan en la misma dirección. De lo que se trata es de ser uno con la luz, de vencer, en definitiva, la resistencia que nos permite decir yo. Ahora bien, ¿quién quiere disolver su yo? ¿Qué tipo de hombre puede aspirar a dejar de ser quien es? Si cabe responder a esta cuestión —si la cuestión es pertinente—, entonces es posible que esto de la espiritualidad lumínica sea tan solo el asunto propio de una determinado psicología, de un determinado modo de ser. Difícilmente, algo católico, esto es, universal. Nadie niega que el yo esta hecho con materiales de derribo. Pero quien se funde con la luz ¿qué voz podrá escuchar? ¿Qué otro puede haber para él? ¿Acaso el deseo de unión mística no equivale al deseo de morir? Ciertamente, prefiero escuchar la voz de Dios, aunque sea incapaz de responder, que fundirme en su magma. Prefiero ser un culpable —alguien pendiente de una común redención— que un transfigurado que, por ser solo luz, ya no tiene oídos para escuchar el clamor de los que sufren un karma maldito. No es causal que muchos hayan entendido que si se trata de alcanzar la iluminación, puede que sea suficiente con unas cuantas dosis de LSD. Es verdad que no hay religión que no tenga en cuenta la posibilidad de la transfiguración. Pero una cosa es la transfiguración de quien entra en contacto con la luz y otra la del soldado que sobrevive al terror de la guerra por la intercesión de su víctima. Lo primero es un éxtasis. Lo segundo, un milagro.