Chalo

agosto 3, 2011 Comentarios desactivados en Chalo

En su último cuadernillo (http://www.fespinal.com/espinal/llib/es174.pdf), el buen teólogo que es González-Faus dice lo siguiente acerca de Dios: «Dios es antes una especie de mar, o de atmósfera, que un mero interlocutor. No obstante, podemos, y debemos, dirigirnos a él como a un interlocutor.» Y añade más adelante: «Dios no es un interlocutor particular, sino el interlocutor-oceánico o el océano-interlocutor.» Lo cierto es que no acabo de entenderlo. Quizá podamos hacer como si esa especie de océano fuera alguien. Pero ¿por qué debemos dirigirnos a él como si fuera alguien? Sin duda, cuando te encuentras formando parte de aguas que nos cubren es difícil que no acabes creyendo que ese exceso, en un cierto sentido, se dirige a ti. O por decirlo de otro modo: la inmensidad del océano o de la atmósfera que respiramos no pueden darse como tal sin que, de algún modo, te sientas íntimamente implicado. Pero ¿por qué debo invocarlas? ¿Acaso el sentimiento de encontrarse bajo una presencia intangible basta para poder decir que ahí hay algo o alguien? El monje zen, de hecho, se encuentra ante la misma desmesura, como quien dice, y no cree que deba dirigirse a ella. Más bien se siente imbuido de nada. ¿Está equivocado? Y si no lo está, entonces no es cierto que debemos dirigirnos a él como a un interlocutor… a menos que ese debemos solo afecte a los cristianos. Pero en ese caso uno sería cristiano, entre otros motivos, porque se dirige a una especie de mar como si fuera un Tú, con lo que ese debemos no tendría otra razón de ser que la de facilitar una adscripción: debemos dirigirnos a él como a un interlocutor porque, de lo contrario, no seríamos cristianos. Sea como sea, la cuestión es si el hecho de dirigirse a esa especie de océano como si fuera un Tú tiene algún sentido más allá de un sentirse bien porque uno cree formar parte de un todo. Pues si es un Tú, no es un océano y si es un océano, no es un Tú. O por decirlo de otro modo, si me situo ante esa especie de océano como si fuera un Tú es porque en realidad no es un Tú.

Me atrevería a decir que, bíblicamente, si Dios se revela como un Tú no es porque, como diría un Feuerbach o un Freud, tengamos una necesidad de alguien ahí a quien poder dirigirnosno es porque no podamos soportar una soledad de dimensiones cósmicas—, sino porque Dios, de entrada, se hace presente como aquél que nos llama. Si Dios puede honestamente ser reconocido como un interlocutor válido es porque él toma la iniciativa, es decir, porque él nos llama —nos invoca— primero. La relación con Dios que parte del creyente no sería, sin embargo, una relación de ida y vuelta en la misma dirección. La invocación —acaso lo único que puede nacer honestamente del corazón creyente— golpea siempre el muro de las lamentaciones. Bíblicamente, la necesidad de alguien ahí —la necesidad de un fantasma bueno— siempre se resuelve verdaderamente como silencio de Dios. La respuesta de Dios a la invocación creyente es, en verdad, una llamada, aquélla que no podemos eludir sin petrificarnos. Esto es: la respuesta de Dios es su Mandato, su Voluntad, su Ley. También —y de manera definitiva— esa Ley que nace del perdón de un Dios crucificado. No obstante, la llamada de Dios tampoco es que vaya por la línea directa. La voz imperativa de Dios no es otra que la que nace de la garganta de los marcados por la muerte. Quien escucha a Dios en su interior y no escucha la reverberación de esas voces en su interior, no escucha a Dios, sino a un ídolo hecho a su imagen y semejanza. De hecho, si es posible esta identificación entre la voz de Dios y la del abandonado de Dios es porque bíblicamente Dios se encuentra más allá de la Creación y, por tanto, más allá de los océanos. La voz del pobre es lo que escuchamos en vez de la voz de un dios dispuesto a intervernir a la manera de los deus ex machina de las tragedias de Eurípides. Son los gritos de los desgraciados quienes ocupan el lugar de esa voz divina que preferiríamos escuchar. La invocación del pobre sería, pues, la huella del Altísimo en el corazón del hombre. En la Biblia, la presencia de Dios es siempre, por tanto, una presencia por-venir. O como suele decirse, la presencia de una ausencia. Dios no parece darse en el modo del presente, ni siquiera cuando hacemos de Dios una presencia etérea o fantasmal. Y me atrevería a decir que si cabe hablar de Creación es porque todo se encuentra marcado por esa ausencia. El mundo se revela como aquello que permanece en el aire de modo semejante a como, en cualquier película, todo queda en suspenso cuando de repente se hace el silencio. Algo tiene que ocurrir en ese marco. No es posible que nada ocurra. De hecho, si nada ocurre, ocurre la nada. También es posible que González-Faus se refiera a todo esto. Aunque también es posible que yo no acabe de entender.

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