hard blade runner
agosto 12, 2011 Comentarios desactivados en hard blade runner
Supongamos que Teresa de Calcuta hubiera descubierto antes de morir que los pobres a quienes se había entregado eran replicantes programados para reproducir a la perfección la demanda infinita del rostro. Esto es, que no habían pobres en las calles de Calcuta, sino solo máquinas que hacían de pobres. En principio, podemos suponer que a ella no le hubiera dado igual. Sin embargo, ¿qué detalle —qué marca— nos permitiría diferenciar la copia del original? ¿Qué rasgo nos indicaría que estamos ante otra consciencia de sí y no solo ante una simple cosa? Cualquier rasgo que pueda captar nuestra sensibilidad podría, por defecto, ser técnicamente simulado. Pero, si esto es así, entonces la alteridad no puede ser captada sensiblemente. O por decirlo a la manera de Platón: la realidad en cuanto tal —el carácter otro de lo que vemos— es, de por sí, invisible. La alteridad de lo que visible —y, por extensión, del otro yo— tan solo puede ser objeto de un reconocimiento. Sin duda, siempre vemos los rasgos de algo otro ahí, pero ese algo-ahí, como tal, se halla en cualquier caso supuesto (sub-puesto). Ahora bien, ¿en qué consiste este carácter siempre supuesto de la alteridad? ¿Por dónde pasa, en definitiva, su reconocimiento? Sea cual sea la respuesta, la cuestión no puede comprenderse como la cuestión sobre las condiciones de la aparición de lo enteramente otro, pues, en tanto que siempre sub-puesto, lo enteramente otro nunca acaba de darse como tal, esto es, nunca se encuentra del todo presente. Se trata, en definitiva, de estricta lógica. Si lo otro siempre se da en relación con una determinada sensibilidad, lo otro nunca puede darse como lo enteramente otro, sino siempre en relación con las condiciones —y, por tanto, los límites— de esa sensibilidad. O por volver a Platón: el carácter otro de lo real es lo siempre dejado atrás en el momento en que nos relacionamos con las cosas que se encuentran ahí. Y si este dejar atrás es la condición misma de la aparición de las cosas en el marco de nuestra sensibilidad, entonces no cabe algo así como un saber acerca de lo último. Todo saber es un saber acerca de cosas y si hay cosas ahí es porque su carácter otro en modo alguno es una cosa. Es por eso que no hay mundo para los animales, aunque formen parte de él. Ningún animal encuentra en falta aquello que es en verdad. Ningún animal, que sepamos, siente la nostalgia de lo real. Para ninguno de ellos la alteridad es algo por-ver, algo por-venir, aquello, que, en definitiva, debe ser. Así, y por volver a las calles de Calcuta, la indigencia del otro —el hecho de que un cuerpo sea consciente de su falta de ser— es, en cualquier caso, cuestión de fe. O, por decirlo, en creyente: desde uno mismo, el Otro solo puede ser invocado. Teresa de Calcuta tras descubrir el simulacro continuaría estando, pues, donde estaba ya de buen comienzo: esperando. Maranatha.