shutter island

agosto 13, 2011 Comentarios desactivados en shutter island

Ayer vimos Shutter Island. Una muy buena película de Scorsese. El guión es impecable y está trufado de pequeños detalles —como, por ejemplo, la torpeza del agente Chuck a la hora de dejar el revolver o la tensión inicial de los polis del sanatorio— que sólo comprendes desde el final. Scorsese, sin duda, sabe lo que se hace.

(A partir de aquí sólo para quienes la hayan visto.)

A destacar dos momentos. El primero es aquél en donde no sabes de qué lado se encuentra la realidad, aquél en donde DiCaprio se enfrenta a la verdad de sí mismo. ¿Es DiCaprio quien dice ser y los psiquiatras de la isla, dementes que intentan hacerle creer lo que no es? ¿O estos están en lo cierto y DiCaprio es el prisionero número 67? En cualquier caso, en lo que se dice —se cuenta— no hay nada que nos permita decidir al respecto. Al menos, hasta los diez últimos minutos. El vértigo mientras tanto es perfecto. De hecho, se trata de un viejo problema filosófico: si el lenguaje posee o no la marca de la exterioridad. Es obvio —o al menos lo es para quien se encuentra en el umbral de la locura— que los hechos, por sí mismos, no bastan, en tanto que los hechos solo pueden presentarse como tales en la malla del lenguaje. El segundo es aquél en el que DiCaprio le confiesa a Chuck, una vez se da cuenta de que no puede regresar a su fantasía, que prefiere morir como un loco bueno —esto es, como un lobotomizado— que como un cuerdo monstruoso. En realidad, el trauma de DiCaprio —el asesinato de su esposa y la muerte de sus hijos— es de los que te instalan en una culpa de por vida. Su fantasía —el creerse aún un agente judicial— es lo único que le permite soportarla. Más aún: solo a través de ella deja de ser ese hombre extremadamente violento que, en principio, es. Como si solo en el seno de su ilusión hubiera alcanzado una cierta humanidad. De hecho, la película funciona también como un alegato contra Freud: como si la fantasía que te aisla del trauma originario fuera en verdad salvífica y no la necesidad de admitir, precisamente, el acontecimiento traumático. De aquí a la apología de la religión como el único espacio que el hombre puede habitar sanamente puede que solo haya un paso.

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