visiones
septiembre 3, 2011 Comentarios desactivados en visiones
En realidad, no hay nada que ver. Esto es: todo ver es un ver como —o, si se prefiere, un ver que—. No hay un grado cero de la visión sobre el que poder erigir la serie de las posibles visiones del mundo. Una visión —un ver como o un ver que— no es una interpretación en el sentido habitual del término, a saber, la proyección de un posible sentido para esa cosa que no acabamos de saber qué es o qué nos dice. Cuando vemos, por ejemplo, un pajaro volando también vemos que no se caerá de repente en picado. O cuando vemos una medalla, no vemos primero un trozo de metal que posteriormente interpretamos como medalla. De entrada, vemos una medalla junto con lo que ello implica… si es que sabemos (o podemos) verlo. Y no decimos de quien no ve una medalla, sino un simple trozo de metal, que vea algo más básico o verdadero. Más bien entendemos que, por los motivos que sean, aún no es capaz de ver la medalla que tiene ante sus narices. Como si fuera un primitivo o un bebé. Con todo, lo cierto es que eso que tenemos ahí es tanto un trozo de metal como una medalla. Que sea una cosa u otra dependerá de cómo podamos integrar esa cosa que vemos en el marco de un saber disponible, anterior. No hay visión, pues, que dependa sólo de la sensibilidad. O por decirlo en términos de NR Hanson, el malogrado discípulo de Popper, toda visión posee una «carga teórica». Hay que ser muy naïve para creer que los hechos hablan por sí mismos. Así pues, cuando Isaac Luria ve a los hombres como vasijas rotas; o Juan, el evangelista, como muertos a quienes no aman; o Pablo al Crucificado como aquel que se encuentra a la altura de Dios… no están interpretando —no están diciendo lo que a ellos les sale de las narices—, sino viendo las cosas tal y como son. ¿Relativismo? No diría yo eso. Un salido ve una mujer como una hembra más o menos en celo, mientras que un monje, puede ver perfectamente a esa misma mujer como un cuerpo marcado por la muerte y, por tanto, como una pobre mujer… y ambos ven bien. Una mujer es tanto una cosa como otra. Sin embargo, es obvio que el monje aquí ve más lejos o, sencillamente, ve más. Como también lo es que el salido no verá otra cosa que la que ve. En cualquier caso, nuestro problema con el cristianismo es que ya hemos perdido de vista —nunca mejor dicho— la posibilidad de ver algo más que un profeta apocalíptico crucificado o un maestro moral. Lo que hemos dejado atrás es, precisamente, el mundo, el sitz im leben, la trama conceptual que hacia posible una visión de largo alcance. Es así que cualquier visión de las de antes se convierte de golpe en una interpretación, en un torpe «para mí Jesús es Dios» o cualquier memez pot el estilo. Algo nos perdemos cuando ya no podemos reconocer en esa Cruz a un Dios que desciende hasta morir. Como si de aquí a miles de años ya no hubieran olimpiadas ni campeonatos que hicieran posible ver como medalla un simple pedazo de metal. Para los hombres y mujeres de este hipotético futuro nuestros atletas serían algo así como unos estúpidos que creían en el poder transformador de lo que obviamente es solo un pedazo de metal. Es evidente que no entenderán nada. (Dicho sea de paso, alguien haría un inmenso bien a la humanidad, si se atreviera a quitarles el micrófono a los cegatos y, ya puestos, los devolviera a la taberna de donde vinieron. No hay que tener mala conciencia. Siempre habrá una ONCE dispuesta a hacerles creer que ellos, los cegatos, también son capaces de ver.)