distancias

septiembre 4, 2011 Comentarios desactivados en distancias

Cuando nos preguntamos por dónde pasa una vida con un cierto relieve —una vida digna de ser vivida— solemos buscar en el gran libro de las recetas. Sin embargo, quizá deberíamos hacer algo más sencillo: preguntarnos por quién vive más que nosotros. ¿Cómo es que entonces no empezamos por ahí, señalando vidas ejemplares? Quizá porque esas vidas más que ejemplares son divinas, pues lo cierto es que nos superan por entero. Y eso es, precisamente, lo que no podemos tolerar. Dios no existe, pues si existiera no podríamos soportar no ser dios. ¿Acaso hay alguien que pueda admitir la idea de que una vida que merezca tal nombre no depende enteramente de nuestros esfuerzos? No es causal que, por lo común, esas vidas sólo puedan ser veneradas o, lo que es peor, denigradas. La mezquindad no suele tener medida. Por eso prefiere habérselas con los grandes ideales. Ellos, los ideales, no provocan nuestra envidia. Al contrario: nos permiten creer que nosotros también podemos, si hacemos lo debido. Nos permiten suponer que, al fin y al cabo, no hay distancia. El fariseo dirá que son esas vidas las que configuran el ideal. Pero aquí se equivoca. Como siempre. Si esas vidas se encuentran fuera de nuestro alcance es porque llegaron a sobrevivir a la quiebra del ideal. Con todo, lo cierto es que la mayoría no suele hacerse esta pregunta por la vida lograda. Y si no suele hacérsela es porque ya de entrada cree poseer la respuesta: basta con tener lo que uno desea. A estos últimos los antiguos los hubieran llamado idiotas sin ningún rubor. Ellos, los antiguos, no tenían nuestros complejos a la hora de decir las cosas por su nombre.

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