divina experiencia

septiembre 10, 2011 Comentarios desactivados en divina experiencia

En muchas de las comunidades «progresistas» no es díficil que, en un momento u otro, sus miembros se vean obligados a exponer, aunque sea con un contenido rubor, su experiencia de Dios. Se trata de una especie de password: hasta que no sientas a Dios, no serás uno de los nuestros. Incluso podemos vernos envueltos en algún show en donde el maestro de ceremonias vaya invitando, micrófono en mano, a cada uno de los participantes a exponer a bocajarro esa misma experiencia. El ritual suele ser siempre el mismo: unos cuantos atrevidos van diciendo la suya —que si he visto a Dios en un amanecer o en la sonrisa de los niños…—, mientras el maestro de ceremonias va hinchándose de satisfacción al tiempo que bendice cada una de las intervenciones. Puro onanismo. Y, así, vamos confundiendo las peras con las manzanas: la imposible misericordia de Dios con la promoción de los buenos sentimientos… los cuales, de hecho, pueden sostenerse por sí mismos sin necesidad de poner a Dios por en medio. Y de este modo tan actual se va cociendo el gran soufflé del cristianismo buenista. Pues bien, todo esto no deja de provocarme una gran perplejidad. Y no porque sea un experto en experiencias de Dios, sino porque no me cuadra con aquellas historias bíblicas que intentan dar fe del encuentro con Dios. En la Biblia, todos aquellos que han visto a Dios —mejor dicho: todos aquellos que han oído su voz—  no han podido seguir viviendo como antes. Y no porque a partir de entonces vayan por ahí como si fueran gusiluces, sino porque Dios les ha hundido de tal forma en la más profunda de las miserias que, desde Dios, no pueden hacer otra cosa que ponerse en manos de los pobres, esos representantes. En tanto que Dios quiebra la vida de los hombres, nadie puede preferir a Dios. De hecho, en la Biblia son pocos los que han experimentado a Dios. Los denominados creyentes viven realmente de la fe de esos pocos. Y nosotros seguimos llenándonos la boca con nuestras experiencias de Dios… como si tal cosa. Debería, pues, darnos un poco más de vergüenza hablar de Dios con tanta facilidad. Tenía razón Nietzsche: los hombre hemos matado a Dios al hacer de Dios una divinidad tan amigable. Aquél que nos hiere por nuestro bien, no es propiamente un amigo, sino un Padre. Cuando le pedían que contara cómo era su maestro, Juan, el discípulo, siempre respondía del mismo modo: cuidaros unos de los otros. Juan, como tantos otros marcados, entendió que, cuando uno le ha visto el rostro a Dios, lo de menos, como quien dice, es Dios.

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