ressurrexit
septiembre 11, 2011 Comentarios desactivados en ressurrexit
Decía Pablo que si Cristo no había resucitado, entonces la esperanza creyente era una estupidez. Sin embargo, ¿cuántos cristianos de hoy en día podrían dar fe de la resurrección de los muertos? Para muchos no se trata de otra cosa que de un dar por supuesto que hay vida después de la muerte. Que en verdad no hay muerte… o al menos que no la habrá para los elegidos de Dios. Pero si nos mantenemos dentro de los límites de la tradición evangélica no parece que los tiros vayan por ahí. Suponer que el alma —o el cuerpo astral— es inmortal es más griego que bíblico. Para el mundo heleno, la inmortalidad del alma no solo era algo perfectamente concebible, sino incluso demostrable. Como muestra valga el botón de los argumentos socráticos en el Fedón. En cambio para un judío la resurrección de los muertos es algo estrictamente imposible. Es por eso que la resurrección solo podía acontecer en el día del fin del mundo como obra de un Dios igualmente inviable. No estamos, pues, ante una posibilidad del mundo, ni siquiera del mundo sobrenatural. ¿De qué se trata entonces? ¿Deberíamos entender, siguiendo a Pablo, que si en verdad no ocurrió lo imposible, algo absurdo a todas luces, entonces sería mejor dejarlo estar? Muchos hoy en día dicen que esto de la resurrección es una manera de decir otra cosa. Por ejemplo, que la causa de Jesús continúa. O bien, que el espíritu de Jesús sigue vivo en nuestros corazones. Pero no creo que los testigos de la resurrección pretendieran decir de un modo tan increíble algo que podrían haber dicho de otro modo. Quienes confesaron la resurrección tuvieron en verdad una visión. ¿Alucinaron entonces? Salvo que esté chiflado, nadie se pone bajo el filo de una espada o en boca de los leones por una alucinación… y no me atrevería a decir que a la gran mayoría de los primeros cristianos les faltase un tornillo. Ellos, sin duda, vieron algo. Pero ¿qué vieron? Para responder a esta cuestión, quizá convenga previamente aclararnos con respecto a la naturaleza de la visión. Nadie ve hechos puros y duros. La idea de que los hechos, en sí mismos, carecen de significado y que éste solo puede venir de una interpretación, por defecto subjetiva, es uno de los prejuicios modernos que más dificulta nuestra comprensión de lo que ocurre en verdad. Cuando vemos, por ejemplo, una medalla no vemos primero un trozo de metal que luego interpretamos como un medalla. Vemos de entrada una medalla. Pero si la vemos de entrada es porque eso que vemos, lo vemos desde el background de un saber anterior. O por decirlo de otro modo, toda observación va con una carga teórica (la expresión es de NR Hanson, uno de los díscolos discípulos de Popper). En cualquier caso, lo cierto es que todo ver es un ver como —o un ver que—. Ver una medalla es ver un trozo de metal como una distinción o ver que no se desintegrará al lamerla. Sólo quien no tenga ni idea de lo que supone una medalla, por ejemplo, un niño o un primitivo, verá de entrada un trozo de metal. Más aún: en el futuro es posible que vuelvan a ver una medalla sólo como un trozo de metal… siempre y cuando desapareciera el contexto que hace que podamos ver medallas en vez de trozos de metal. Un futuro sin competiciones deportivas no entendería nuestras visiones del asunto. Esto es, los hombres y las mujeres de ese futuro no entenderían por qué algunos se sentían superiores por el solo hecho de que colgara de su cuello un pedazo de metal. Para ellos, pasaríamos a ser de golpe unos supersticiosos. Pues bien, esto es lo que de hecho ocurre hoy en día con respecto a la resurrección: hemos perdido de vista ese saber anterior que les hacía ver una cosa y no otra. Y ¿qué es eso que los primeros cristianos daban por supuesto y que nosotros hemos dejado atrás? Pues que nos encontramos sometidos al juicio de Dios; que la vida se nos ha dado como plazo; que ni siquiera los muertos se escapan a ese juicio… En verdad no estamos ante una serie de suposiciones, sino ante el sistema de significados —lo que se dice un mundo— que se desprende de la experiencia del Dios de la Creación, aquél que se revelaba como el silencio que envuelve todo cuanto es y al que, por eso mismo, se le deben tanto la vida como la muerte. Quien experimenta la vida como don, no puede hacer otra cosa que permanecer a la espera de un Dios que resuelva la ambivalencia de Job. Desde el background de esta esperanza, los primeros testigos pudieron ver en el cuerpo de un Crucificado el juicio de Dios, el primer día de los días finales. Dios había elevado al Crucificado a su altura… Pero, en tanto que el Crucificado seguía colgado del madero como maldito de Dios, esto no hubiera sido en modo alguno creíble, si Dios no hubiera descendido hasta ponerse a la altura del Crucificado. Esto es: aunque a trompicones, los primeros cristianos supieron ver al Crucificado como Dios. El resto son dos mil años de Historia.