louvre
septiembre 14, 2011 Comentarios desactivados en louvre
La existencia misma de un museo nos indica que eso que admiramos ya ha sido dejado atrás. La Gioconda no forma parte de nuestro mundo: nadie puede usarla como usamos, por ejemplo, las fotos de alguien. La Gioconda ha dejado de ser ese retrato que colgamos de una pared o ponemos sobre un estante. En tanto que obra de arte, la Gioconda posee el aura de lo intocable, esto es, de lo sagrado… aura que, sin duda, no poseía en el momento en que Leonardo la pintó para quien le hizo el encargo. Un museo es un templo. Nada vale ciertamente donde pueda haber un trato. La cuestión, sin embargo, es qué relación —que vínculo— mantenemos con lo intratable, con eso que hemos dejado definitivamente atrás. De entrada podríamos decir, siendo estrictos, que eso de hecho ya no nos pertenece. Sin embargo, bien pensado puede que en verdad solo nos pertenezca aquello que ha sido dejado atrás. Como si solo la pérdida nos alcanzara hasta lo más íntimo. Como si solo en medio de su ausencia, pudiéramos caer en la cuenta de lo que supone una presencia. Como si solo debiera ser lo que tiene que volver. Todo progreso tira al niño con el agua sucia. Y por eso mismo, quizá no haya otra demanda que la religiosa, aquélla que pretende recuperar ese niño que tuvimos que arrojar al agua para liberarnos del miedo y de la mancha. Pasa con la Gioconda. Y, por supuesto, con Dios. Es por eso que Dios solo acontece como Dios en el Gólgota, en esas simas donde los hombres constatan la falta de Dios. Un Dios que no exija una fe —una espera— no puede valer como Dios, sino solo como esa fuerza divina que tendremos en cuenta siempre y cuando no podamos valernos por nosotros mismos.