Rimbaud

septiembre 17, 2011 Comentarios desactivados en Rimbaud

Supongamos que un hombre y una mujer viven un momento excepcional. Esto es: supongamos que se encuentran. ¿Qué podemos esperar que pase? Estictamente, el momento. Tarde o temprano, el encuentro cederá el paso al desencuentro o, en el mejor de los casos, a un trato amable. Tarde o temprano, cae el atardecer. Y ahí podremos creer que o bien nos equivocamos de objeto; o bien, si tenemos un poco más de experiencia, que no hay dicha que cien años dure. La encarnación de la imagen paradigmática es siempre parcial, momentánea, objetable. Sea como sea, éstas son las dos opciones del paganismo. El «verdadero amor» —ése que se revela como una coincidencia sin resquicio— se encuentra siempre más allá de nuestras posibilidades. Es algo al alcance solo de los dioses o, en su defecto, de los protagonistas de las películas. Como decía Rimbaud, la verdadera vida está ausente. Los hombres y las mujeres podemos, en el mejor de los casos, gozar de un destello de eternidad. Como si toda epifanía fuera solo una interrupción del tiempo. Quienes se encuentran están, ciertamente, fuera del mundo. No podemos permanecer en la verdad. Y eso es todo… A menos que la verdad descienda hasta los cuerpos que ya no admiten otra oportunidad. Esto es, a menos que el amor sea algo así como el abrazo de los náufragos. Pero esta verdad —acaso la única que nos pertenece por entero— es demasiado sucia como para que podamos desearla.

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