morir de éxito

septiembre 18, 2011 Comentarios desactivados en morir de éxito

Los primeros cristianos vieron la Cruz como aquel sacrificio expiatorio que privaba de sentido al sacrificio cultual. Esto es, la típica relación religiosa entre el hombre y Dios —aquélla en la que el hombre da lo mejor de sí mismo para obtener el favor de Dios— quedaba reducida al absurdo: Dios se había sacrificado de una vez por todas para que los hombres pudieran comenzar de nuevo como hijos de un mismo Dios. Dios no nos debe nada, sino que nosotros se lo debemos todo a Dios. Ahora bien, precisamente por esto, el cristianismo se alejaba de aquel mundo que, por contraste, dotaba de sentido al gesto del Crucificado. Así, en un contexto donde, gracias al cristianismo, el sacrificio cultual se ha vuelto sencillamente ininteligible, la Cruz ya no puede ser vista como la inmolación misma de Dios. De ahí a hacer de la Cruz un accidente hay tan solo un paso. Pero Dios ya no tiene gran cosa que decirnos donde la Cruz es comprendida sólo como un acontecimiento moral, es decir, como el rechazo de los hombres a la bondad de Dios. Paradójicamente, el triunfo del cristianismo dificulta la fe. No es causal que el cristianismo haya sobrevivido paganizando a su Dios, convirtiéndolo de nuevo en la divinidad de las cimas que espera el ascenso, la ascésis —el sacrificio— del hombre. Así pues y por decirlo con otras palabras, porque Jesús de Nazareth en verdad resucitó de entre los muertos, nosotros los herederos, ya no podemos ver su resurrección. Quizá deberíamos hacernos un poco más judíos —quizá deberíamos ver que Dios no coincide con la divinidad— para poder sortear el éxito del cristianismo y, de este modo, ser capaces de ver de nuevo lo que los primeros testigos vieron, precisamente, como la realización de un Dios insobornable.

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