las comparaciones son odiosas
septiembre 25, 2011 Comentarios desactivados en las comparaciones son odiosas
La diferencia entre las religiones que hay por ahí, sean o no cristianas, y el cristianismo es semejante a la que pueda mediar entre John Gray, consejero matrimonial, y Karen Horney, discípula de Freud. La tesis del primero son conocidas: si una pareja no funciona es porque hombre y mujer no admiten que son de planetas diferentes. Por eso mismo, para que haya un buen matrimonio tanto hombre como mujer deben aprender a tratarse. Esto es, tienen que hacer los deberes. El libro más leído de John Gray —los hombres son de Marte y las mujeres de Venus— es, sin duda, un digno manual de uso, con sus diagnósticos y sus instrucciones. Se supone que si una pareja las sigue, las cosas acabarán por ir tal y como debieran. El mundo de la vida en común tiene, pues, una solución. Es cuestión de hacer las cosas bien. Por contra, Karen Horney se pregunta en un artículo de 1932 —problemas del matrimonio— si acaso la institución matrimonial no será, de por sí, irreconciliable con algunos aspectos de la existencia humana. Como si la unión entre hombre y mujer, con independencia de lo que los cónyuges puedan hacer al respecto, estuviera destinada al fracaso. La tesis de Karen Horney, al fin y al cabo, una revisión de la tesis clásica del psicoanálisis, es también conocida. Por lo común, nos situamos ante nuestros deseos como si estos fueran menos contradictorios de lo que son en realidad. Pero lo cierto es que todo deseo es ambivalente. Así, por ejemplo, una mujer desea a un amo al que poder dominar. Pero es obvio que si es un amo, no se deja dominar y, si se deja dominar, es que no es un amo. En este sentido, no hay solución que valga: si una pareja se va a pique no es porque, tanto él como ella, no hayan sido lo suficientemente hábiles, sino porque una relación que se sostenga sobre las demandas del deseo —y en qué pareja moderna no hay deseo de por medio— ya se encuentra viciada de entrada. Natura lapsa. Ciertamente, la habilidad ayuda y no es lo mismo un trato amable que uno hostil. Pero, la cuestión es si basta con ser hábiles para que se solucione de un plumazo la falta de reconciliación. De hecho, la habilidad parece tan solo encubrir —o posponer— una inviabilidad de fondo. Desde la óptica de Karen Horney, los hombres y las mujeres no son capaces, pues, de cumplir con lo debido. O, por decirlo a la manera de Pablo, la Ley no salva. Por tanto, si hombres y mujeres llegan a encontrarse —si en verdad logran abrazarse— no es porque hayan podido seguir las normas que marca el ideal, sino porque han sobrevivido a su caída o naufragio. Esto es: hay amor, pero solo para quienes han regresado de la muerte. Y lo que no es esto es ficción. Aunque normalmente ¿quién no vive de sus ficciones?