infieles
septiembre 27, 2011 Comentarios desactivados en infieles
En el País Semanal del pasado domingo leemos lo siguiente: en las montañas alrededor del lago Lugu, al suroeste de China, viven desde hace unos dos mil años una etnia de 40.000 personas, los mosuo, que no practican el matrimonio. Las familias están dominadas por las mujeres y sus hijos, que viven sin ninguna preocupación sobre quiénes son sus padres biológicos. Las madres adoptan a otros niños y ocupan el espacio de los hombres. «La mujer puede tener los amantes que quiera, muchos o pocos, sin que sea estigmatizada, ya que todos los hijos pertenecen a la comunidad, y los que adoptan adquieren el nombre de la línea maternal», detalla a El País Semanal la antropóloga social Judith Stacey, de la Universidad de Nueva York. Las mujeres mosuo, que visten tradicionalmente hermosos quimonos de seda con sombreros de los que cuelgan collares, dejan perplejos a los occidentales, según recoge Stacey en su libro Unhicthed (traducido como Desenganchado, New York University Press). El sexo y la familia están separados por una barrera estricta. A los 13 años, las chicas reciben en una ceremonia de iniciación lo que en el dialecto mosuo se llama «cámara de flor», un dormitorio donde ellas pueden invitar, recibir o rechazar a los amantes. Los chicos tienen su ceremonial, aunque no reciben ninguna cama, sino la bendición para que puedan establecer sus propias relaciones, o practicar el tisese: elegir a cualquier mujer, tener varias amantes y visitar su cámara de las flores siempre que ellas lo permitan. El sexo nocturno es un asunto privado. Durante el día, los hombres trabajarán, comerán y colaborarán con las familias que hayan ayudado a crear si así lo desean. La flexibilidad es absoluta. «También hay parejas exclusivamente monógamas, y los hombres pueden formar sus propias familias aparte. Es un ecosistema sexual igualitario», dice Stacey.
La cuestión: ¿y…? Que el matrimonio no es una institución obligatoria en la especie humana —que caben otros modos de organizar esto de la reproducción— es algo ya demasiado conocido como para que pueda ahora sorprendernos. Si el caso de los mosuo resulta particularmente «sugerente» es porque, la mayoría de los hombres y mujeres occidentales de hoy en día, viven el matrimono como dura lex. Para ellos la vida de los mosuo posee, sin duda, el aura de los mitos. A nadie que sepa ver el alto número de infidelidades que hay por ahí debería extrañarle esta «fascinación» por los mosuo. Así, no es causal que el artículo, como quien no quiere la cosa, nos cuele a los mosuo como una solución a nuestra angosta sexualidad. Sin embargo, supongamos que todos fuéramos mosuo. Supongamos que hubiéramos logrado vivir conforme a sus principios. ¿Qué nos fascinaría entonces? ¿Qué encontraríamos a faltar? Pues, probablemente, la posibilidad de un vínculo eterno entre hombre y mujer, la posibilidad, ciertamente extraordinaria, de que hombre y mujer pudieran encontrarse. El amor de Paris y Helena volvería a brillar con luz propia en medio de tanto sexo, a ratos agradable, ciertamente, pero, de seguro, trivial. ¿O acaso no es banal todo cuanto se nos da con excesiva facilidad? Lo que no cuenta el artículo es que el sexo para los mosuo es como el picor. Cuando lo sientes, te rascas y a otra cosa. Es falaz imaginarse a los mosuo follando a discreción según los cánones que marcan nuestras películas. El problema de la institución matrimonial entendida a la manera romántica de hoy en día es que supone ingénuamente que todos tenemos derecho, como quien dice, a encontrarnos con nuestra media naranja, cuando lo cierto es que un encuentro entre hombre y mujer es, en tanto que extraordinario, algo que se da en contadísimas ocasiones. De hecho, es lo de siempre: existe el amor, pero no para todos. Para la mayoría, existe la posibilidad, en el mejor de los casos, de obtener un trato amable… cosa la cual no es poca cosa. Es un error del romanticismo decimonónico —al que tanto deben nuestras películas hollywoodienses— creer que lo que era propio de las vidas nobles ha de estar al alcance de cualquiera. Nietzsche diría que aquí opera de nuevo el resentimiento que hizo posible el cristianismo. La mayoría, pues, debería procurar simplemente alcanzar un buen acuerdo —con cariño incluido— y dejarse de cuentos. Y es que la mayoría, por defecto, nunca ha estado dispuesta a pagar el altísimo precio que exige una vida que vaya más allá del propio ombligo. Normal.