distingos

octubre 4, 2011 § Deja un comentario

Quien cree que Dios se da como fuerza o poder, aunque se trate del poder de la bondad, tarde o temprano, acabará por confundir las churras con las merinas. Un lector atento de los grandes textos bíblicos fácilmente entenderá que aquello que se manifiesta como un poder de los cielos no puede ser más que una divinidad entre otras. Para estos textos, Dios, como enteramente otro, se encuentra más allá de todo cuanto es, incluso más allá de los cielos. O poder o alteridad, pero no ambos. Pues si Dios es enteramente otro, esto es, si su trascendencia es radical, entonces Dios es lo que tuvo que ser dejado atrás para que fuera posible el mundo y, por extensión, el hombre. Las cosas del mundo se nos dan según la medida de nuestra sensibilidad y nada en verdad otro puede darse según esa medida. Como sabe perfectamente un judío, no hay yo que pueda soportar la irrupción de Dios, pues el yo sólo es posible donde la radical alteridad de lo otro ha sido desplazada, negada, dejada atrás. Un yo es un muro de contención y, como tal, sólo puede sostener una imagen de Dios. Como diría cualquier psicoanalista, no hay otro origen que aquel que tiene que ser sepultado en el olvido. Ahora bien, porque el yo que pretende preservar su integridad psíquica debe mantener continuamente a Dios dentro de los límites de un pasado absoluto, inmemorial, la posibilidad de que Dios rompa el círculo de la totalidad permanece abierta, precisamente, como la posibilidad misma de lo real. Si Dios es todopoderoso no es porque pueda intervenir en nuesto mundo a la manera de una divinidad, sino porque puede poner fin a nuestro mundo. Será cierto que el psicoanálisis está más cerca de comprender la imposible relación del hombre con su principio que las religiones que siguen por ahí a disposición del consumidor como si fueran dietas milagrosas. No en vano Freud fue judío. Incluso a su pesar.

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