Freud y la Biblia

octubre 6, 2011 § Deja un comentario

Es verdad que tenemos psicoanálisis porque ya no podemos tener una religión como Dios manda. El psicoanálisis nos proporciona hoy el único lenguaje que nos permite comprender que quisieron decir los autores de los textos bíblicos cuando intentaban decir algo de Dios, mejor dicho, de la relación del hombre con Dios (o viceversa). Ni traducciones-traiciones progres, ni literalismo fundamentalista. Psicoanálisis. No en vano Freud fue un judío, aunque fuese muy a su pesar. Así, para un psicoanalisita, es indiscutible que una cosa es la vida normal, aquélla que goza de una cierta integridad psíquica, y otra la vida que se enfrenta a lo real. Y es que la irrupción de lo real, esto es, la aparición de lo enteramente otro, tuvo que ser dejada atrás, sepultada en las miasmas de la vida inconsciente, para que fuera posible, precisamente, un yo amb cara i ulls. El supuesto básico es, así, que la irrupción de la alteridad radical sólo puede ser traumática; que no hay yo que sobreviva a la aparición misma de lo real. La realidad no coincide con el mundo. Un mundo es un sistema de hechos y los hechos siempre se nos dan según las coordenadas de nuestra receptividad. Más aún, si hay mundo es porque el carácter otro de lo real, su terrible y puro ahí, tuvo que ser dejado atrás. Lo real es, pues, aquello que trasciende la vida de un yo que sólo puede hacer las paces con un entorno que se le ofrezca según la medida de su capacidad, en definitiva, con una realidad que ha sido transformada, por la intercesión del mito, en un mundo habitable. No hay yo que sea capaz de asumir el exceso propio de lo real, que pueda aceptar el trauma originario sin morir, esto es, sin dejar de ser quien es. Ante lo real nadie sabe a ciencia cierta a qué atenerse. La alteridad radical es tan fascinante como terrorífica. Lo real siempre nos puede.

Sin embargo, un yo que pierda el vínculo con esa realidad que tuvo que olvidar es un yo desprovisto de sustancia, un yo inane. La cuestión es, por tanto, cómo mantener ese vínculo con lo real donde lo real debe seguir atrás y mejor si es a dos metros bajo tierra. La respuesta es conocida: sólo a través del recurso del lenguaje de la imaginación o, como también suele decirse, sólo por medio del símbolo. El símbolo es, pues, como un espejo, refleja lo que no podemos ver directamente. Ahora bien, hay símbolos y símbolos. Únicamente aquellos que mantienen la radical ambigüedad de lo real, tan sólo aquellos que preservan su carácter paradójico y, por tanto, imposible son adecuados para reflejar lo real. El resto son fantasmas, fantasías que, bajo el pretexto de revelar el carácter trascendente de lo real, más bien lo encubren o, lo que es peor, lo transforman en su simulacro, en algo digerible, en un ideal a nuestra medida, en algo que, se supone, podemos alcanzar en este mundo, si hacemos lo debido. La zarza, sin embargo, debe arder sin consumirse.

Ahora bien, puesto que lo real es, por definición, lo que acontece y, al mismo tiempo, lo que tuvo que ser dejado atrás, aquello que no puede acontecer para que el yo pueda habitar su propio mundo, la imposible posibilidad de lo real permanece latente en medio de la normalidad psíquica como la posibilidad misma de la catástrofe. La realidad solo puede irrumpir como interrupción del mundo o, si se prefiere, como su final. La realidad es imposible porque no puede darse en este mundo… sin que el mundo deje de ser lo que es, a saber, aquello que se nos da según la medida de nuestra capacidad. Esto es, sin que el mundo deje de ser nuestro mundo. La realidad es, sencillamente, monstruosa, indigerible. De ahí que la irrupción de lo real —ese final de los tiempos— sólo pueda darse como regreso de lo que fue sin haber sido, es decir, de lo que (se) fue antes de que pudiera tener lugar. Como si la genuina relación con lo real sólo pudiera expresarse con las imágenes de la vieja apocalíptica. Más aún, el único modo que tiene el yo de sobrevivir a la interrupción de lo traumático-real —el único modo de sobrevivir al final de los tiempos— es aceptando precisamente el trauma, o, por seguir con nuestra imagen, abrazando al monstruo, algo que el hombre no puede hacer sin morir para sí mismo, sin ponerse, como quien dice, a la altura de lo monstruoso. Pues bien, sustitúyase lo real por Dios, al fantasma por el ídolo y al hombre que sobrevive a la irrupción de lo traumático por Cristo, la cura por la salvación o la reconciliación, el ponerse a la altura de lo monstruoso por resurrección… y tendremos una buena introducción a la fe bíblica. Otra cosa es que, por el camino rectilíneo de la Modernidad, el psicoanálisis haya perdido por en medio el ethos profético. Pero éste ya es otro asunto. Aquí se trata simplemente de comprender que lo que encontramos en la Biblia no es ninguna estupidez.

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