stairway to heaven
octubre 9, 2011 § Deja un comentario
Algunos consideran probado, si se tiene en cuenta lo que dicen quienes regresan tras estar muertos durante unos pocos segundos, que hay vida más allá. Y, ciertamente, resulta curioso que sus descripciones sean tan coincidentes: que si la luz tras el túnel; que si pueden contemplar la escena de su muerte desde una cierta distancia; que si escuchan una voz que les pregunta sobre quienes han dejado de amar… También podría ser que se tratara de una alucinación cerebral, de las últimas reacciones neuronales semejantes a esos pasos que sigue dando el cuerpo de las gallinas una vez decapitadas. Pero lo que llama la atención es que estas experiencias parecen tenerlas a su vez aquellos que se sienten muy próximos a los moribundos. Como si ellos pudieran ver, de tan cerca que están, el mismo paisaje que quienes están a punto de morir. Pues bien, supongamos que esto fuera cierto; que efectivamente existiera una dimensión oculta, un mundo de almas más allá de la muerte. ¿Qué demostraría esto con respecto a Dios? Todo para quien cree que una divinidad es un hecho o ente sobrenatural. Nada para quien se encuentra sometido a la trascendencia del Dios bíblico. Pues sólo haría falta que nos acostumbráramos a esta nueva dimensión —que la diéramos por descontada, del mismo modo que damos por sentado que la madurez sucede a la infancia— para que el hombre volviera a enfrentarse a las preguntas de Job… Otra cosa sería que en esa dimensión no existiera el Mal; que fuera cierto que este mundo de acá es tan sólo un campo de pruebas. Pero en ese caso deberíamos admitir que no hay redención de la carne; que Sócrates tenía razón y que la única liberación es la que pasa por liberarnos de nuestros cuerpos. Al fin y a cabo, deberíamos aceptar que la doctrina del karma es mas cierta que las perplejidades de la tradición monoteísta.
(Sin embargo, ¿quién de nosotros podría soportar un mundo sin sombras, un estado de dicha permanente, un lugar en el que nadie pudiera ya encontrarse mas allá de su satisfacción? ¿Acaso un paraíso sin un yo que pueda hacerse valer —y donde hay yo sin duda hay separación, inquietud, dolor— no supone una regresión a la felicidad de las vacas? Así, bien pudiera ser que las cosas fueran al revés: que fuese nuestro mundo el que ha de contemplarse como un lugar en donde las almas sin cuerpo pueden redimirse de su congénita estupidez, de su falta de profundidad, de su existencia animal. Como si sólo regresaran a un inane más allá quienes, precisamente, no han logrado acrecentar su yo por encima de su ego.)
