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octubre 15, 2011 § Deja un comentario
Muchos opinan que uno es budista porque nació en Oriente o cristiano porque nació en Occidente. Para ellos no hay distinción entre una visión de largo alcance y los gustos, pues es cierto que, en general, si te pirras por la foca cruda es porque naciste en un iglú, mientras que si prefieres las hormigas fritas es porque te criaste en un poblado de Tanzania. Sin embargo, a nadie se le ocurre decir, por ejemplo, que si un radiólogo ve en una radiografía lo que otros son incapaces de ver es solo porque estudio en un facultad de medicina. Es obvio que tiene que ser así, pues para ver según qué en una radiografía, hay que saber verlo… y este saber no se adquiere viviendo en un iglú, como quien dice. Si la referencia a la circunstancia de cada cual funciona como una objeción a las pretensiones de verdad de las visiones de largo alcance es porque de antemano ya se decidió que no podía haber verdad acerca de las cosas últimas. Si no hay nada que ver fuera de lo constatable, una visión de largo alcance no puede, por principio, ser verdadera. A lo sumo podrá entenderse como un supuesto, una interpretación, una fe, al fin y al cabo, un asunto más o menos privado. Lo dicho: un gusto, una preferencia. Ahora bien, la visión bíblica del más allá no es propiamente una visión que podamos comprender como una conjetura entre otras. Un creyente no supone nada de lo que podamos hacernos una imagen. No dice, por ejemplo, ahí arriba hay un fantasma bueno que aún no podemos ver, sino ahí arriba no hay nada que ver. Lo sorprendente de está ‘visión’ es que no se limita a sostener que no hay más que lo tangible, sino que hace de lo tangible, una irrealidad y de la vida, algo que nos ha sido dado dentro de un plazo, algo sub iudice. Ahora bien, para ver esto, más que ser de aquí o de allá, uno tiene que haber sufrido en sus propias carnes el peso de esta nada, del silencio que abraza el mundo por entero y, en virtud del cual, la totalidad, incluyendo la parte celestial, se revela como no-todo. Pero que esta visión dependa, como todas, de unas determinadas circunstancias, no implica necesariamente que valga como cualquier otra. Es elemental –o debería serlo– que hay más verdad en esta visión del más allá que en aquella que hace del más allá un replica perfecta de nuestro mundo. O que en aquella que no ve más allá de un palmo de sus narices, esto es, cosas. Para ver que no hay nada detrás del muro hay que subirse a un árbol, mejor dicho, al árbol de la Cruz. En este sentido, no es casual que quienes se subieron a ese árbol —aunque quizá deberíamos decir, quienes fueron subidos a él— de paso estén convencidos que si ven más allá no es solo porque se subieron al árbol, sino porque en verdad hay algo que ver por encima de cualquier circunstancia, aunque eso que hay que ver sea que que no hay nada que ver. No debería extrañarnos, pues, que los primeros cristianos sintieran la necesidad de proclamar su visión como una revelación de alcance universal. Qué menos tratándose de un Dios que pende de un árbol.