jueves 13 (2)

octubre 16, 2011 § Deja un comentario

Que vivimos lejos de lo que ocurre en verdad es algo que podríamos dar por cierto, si no fuera que al hacerlo probablemente tomaríamos una cosa por otra. Y es que no se trata tanto de admitir que la mayoría de nosotros vivimos al margen de los problemas que sufren una buena parte de la humanidad, sino de caer en la cuenta de que el hecho mismo de habitar un mundo solo es posible donde dejamos atrás el carácter otro de lo real. O por decirlo en cristiano, si hay mundo es porque Dios ha dejado de estar presente. El planteamiento típicamente religioso suele ver las cosas de otro modo: Dios desde su lugar nos va indicando qué debemos hacer para vivir en paz, mientras que el hombre, desde el suyo, va haciendo lo que puede. Da igual que Dios se conciba como un fantasma bueno o como la energía subyacente del cosmos, pues lo decisivo aquí es que Dios se le revela al creyente como la mejor posibilidad de la existencia humana, esto es, como su ideal. Pero solo hay que leer unos cuantos párrafos de la Biblia para darse cuenta de que el inconveniente de esta manera de ver las cosas de Dios es que no trata propiamente de Dios, sino de su imagen o, por decirlo en bíblico, de un ídolo. Fácilmente, un cristiano de hoy en día puede llegar a creer que su Dios es el verdadero porque es todo bondad. Pero, a pesar de que aquellos que viven bajo la idea de un dios-bueno suelen tener mejores sentimientos que quienes, pongamos por caso, viven entregados al dinero, lo cierto es que en esta relación aún no se juega nada que tenga que ver con Dios. Aún estamos dentro de la órbita de la disputa religiosa, aquélla que enfrenta diferentes imágenes de la divinidad y nos obliga a preguntarnos, precisamente, cuál de ellas garantiza en mayor medida nuestra plenitud: que si el dios-dinero, que si el dios-poder, que si el dios de la belleza, que si el dios de la bondad… Sin embargo, aquel que se encuentra sometido a la realidad de Dios no se atreve a decir ni siquiera que Dios sea bueno. Confía, ciertamente, en que al final, Dios tendrá misericordia de los hombres, es decir, que, finalmente, Dios decantará la balanza del lado de la vida y no del de la muerte. Ahora bien esa confianza, esa fe, no se apoya propiamente en la imagen de un dios bonachón, la cual supone por defecto que Dios es algo susceptible de ser conocido, aunque sea indirectamente, sino en la experiencia de la vida como aquello que nos ha sido dado dentro de un plazo como el testamento de un Dios que está por ver y que, en cualquier caso, se muestra al hombre como el silencio que sucede a todo cuanto ocurre en este mundo (1 Re 19). Es desde ese silencio que el hombre se encuentra con todo cuanto es de Dios. Por eso un creyente no es aquel que dice suponer tal cosa o tal otra de Dios, sino aquel que, por el contrario, no sabe qué decir sobre Dios en sí mismo. Y mucho menos desde que lo vió colgado de un madero. De aquí no se sigue, sin embargo, que un creyente sea simplemente un agnóstico. Quien vive sometido a la realidad de Dios, a su extrema trascendencia, vive por entero sometido al mandato que nace de la garganta de los crucificados de la Tierra, los cuales se revelan, desde el sufrimiento de esa misma trascendencia, como el rostro mismo de Dios. O por decirlo de otro modo, la relación del hombre con Dios no se decide del lado del deseo del hombre por alcanzar una cierta plenitud, ni siquiera cuando esta plenitud se disfraza con los ropajes de una vida bondadosa, sino de lado de la urgencia de responder al grito de los sin Dios como si fuera el grito mismo de Dios. Quien pretende hacerse bueno para obtener la bendición de Dios no responde a Dios, sino a sí mismo. En este sentido, no deja de llamar la atencion que la mayoria de quienes responden a la llamada de Dios tengan serias dificultades para creerse buenos. No se trata, pues, de que nos interroguemos sobre aquello que debemos hacer para ser buenos creyentes, sino de preguntarnos sencillamente a qué –a quién– responde nuestra vida. El resto es permanecer a la espera de un final de lo tiempos. Y lo que no sea esto es, sin duda, mito.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo jueves 13 (2) en la modificación.

Meta