jueves 13 (y 3)
octubre 17, 2011 § Deja un comentario
¿Qué significa decir que vivimos alejados de lo real? Pues que vamos por ahí como si la muerte sólo afectara a los demás, cuando lo cierto es que, tarde o temprano, moriremos. O también que tratamos con lo más vivo como si fuera una cosa entre otras, algo enteramente disponible, cuando en verdad la vida posee el carácter sagrado del don. Lo real es lo que en verdad tiene lugar, eso que se nos ofrece en relación con lo inalterable de la existencia y no hay nada más inalterable que la muerte. Nada ocurre en realidad si no es desde el límite de la muerte y, donde nada ocurre, todo pasa. Pero lo cierto es que nadie puede habitar eficazmente un mundo, si de algún modo no le da la espalda al carácter inmodificable de lo real. De ahí que la cuestión religiosa sea una cuestión inevitable, pues tarde o temprano, en medio del flujo inercial de la existencia, uno se pregunta que debería hacer para mantenerse en contacto con lo esencial. Es cierto que de hecho todo pasa. Pero es igualmente cierto que en verdad no todo pasa. La vida de mis hijas no es simplemente algo que pasa, sino que, desde el horizonte mismo de la muerte, se me entrega como esa vida que, antes que al tiempo, se encuentra sometida a la Ley de Dios, al deber de preservar esa vida contra la muerte, más allá de instinto de conservación, pues ya sabemos que un instinto es variable en tanto que siempre se encuentra ligado a las exigencias de una circunstancia. Y es que no hay duda que una cosa es vivir teniendo presente la muerte y otra vivir como si no hubiera muerte; que una cosa es abrazar la vida como aquello que nos ha sido prestado dentro de un plazo y otra malgastarla; que una cosa es vivir como si el centro de la existencia estuviera fuera de ti y otra muy distinta vivir creyendo que tus sensaciones son la medida de lo real. Con todo, es posible que la interrogación religiosa no pueda resolverse sirviéndonos de las figuras ideales de la religión. Pero éste ya es, sin duda, otro asunto.