el canto de la piedra

octubre 18, 2011 Comentarios desactivados en el canto de la piedra

El otro día escuché casualmente por la radio un reportaje sobre los «sonidos de ultratumba». Parece ser que en ocasiones se oye, aunque muy débilmente, una especie de ruido de fondo que está a medio camino entre la voz del viento y el resquebrajamiento del vidrio. Lo cierto es que, cuanto menos, impresiona, pues a bote pronto resulta imposible decir de dónde procede. Como si se tratara, ciertamente, de un sonido del más allá. De hecho, es lo que hubiera dicho un antiguo sin pestañear. Para el hombre antiguo un fenómeno extraordinario es visto, indiscutiblemente, como la señal de otro mundo. Para nosotros, en cambio, un fenómeno extraordinario, lo que se dice, un misterio, es algo que aún no podemos explicar…. en los términos de las cosas del más acá. En realidad, según parece estos «sonidos de ultratumba» no son más que el ruido que genera el movimiento de las placas tectónicas. Al final, respiramos tranquilos: podemos seguir bajo el amparo de nuestro supuesto fundamental, a saber, que no hay en verdad más allá. Y es que para nosotros, hombres y mujeres imbuidos de mentalidad científica, eso que parece venir del más allá no es más que algo del más acá. No hay, por tanto, cosas que sean esencialmente misteriosas, sino simplemente cosas que se encuentran pendientes de una explicación. Incluso en el caso de que hubiera algo así como una dimensión oculta, ésta no sería más que eso: otra dimensión de un mismo mundo. Tan sólo haría falta que nos acostumbráramos a los ángeles o a los fantasmas para que dejaran de ser algo del más allá y pasaran a ser aquello que se encuentra a la vuelta de la esquina, como quien dice. Ahora bien, lo que hemos perdido por el camino de la modernidad no es tanto el más allá, sino las figuras del más allá… y, con ello, un acceso espontáneo al más allá. Nada más, aunque tampoco nada menos. Ciertamente, el paganismo antiguo daba por sentado que existía otro mundo por encima del nuestro, el mundo de los seres divinos. Sin embargo, ese mundo nunca supuso, al menos para la fe bíblica, un genuino más allá, sino propiamente su figura, su representación. El más allá, en tanto que siempre se encuentra, precisamente, más allá, en modo alguno puede constituir en sí mismo un mundo. Por el contrario, el más allá debe comprenderse como eso que permanece en cualquier caso fuera de campo. Dios, en tanto que enteramente otro, no es, por consiguiente, algo aún por ver. Un mundo en cuanto tal mundo, sea natural o sobrenatural, siempre se nos da según la medida de nuestra receptividad y, por eso mismo, nunca acaba de ser nada radicalmente otro. Sin embargo, solo porque la alteridad de Dios es radical, solo porque Dios se encuentra siempre fuera de campo —solo porque el hombre encuentra a faltar algo en verdad otro—, la totalidad  se le revela al hombre como no-todo. Dios por eso mismo no puede pertenecer a un mundo, ni siquiera a un mundo sobrenatural. Los autores bíblicos lo supieron ver mejor que nadie cuando hicieron de Dios el límite del mundo o, por decirlo a su manera, el silencio que cubre el mundo por entero… y, en relación con el cual, el mundo se encuentra pendiente de un hilo. El más allá no es, por tanto, otro mundo, sino la realidad misma de Dios. O por decirlo de otro modo, no hay otro más allá que el de Dios. Y es que la alteridad radical nunca se nos da en el modo del presente. Hay, por tanto, más allá porque existimos bajo la falta, la ausencia del Otro. Es así que el misterio no reside, pues, en tal o cual fenómeno inexplicable, sino en el hecho de que haya, precisamente, mundo. La Creación, el mundo por entero, es el misterio y no el hecho de que en un momento dado escuchemos voces o sintamos tal o cual cosquilleo interior. En realidad, más que decir que no hay en verdad más allá, deberíamos admitir de una vez por todas que en verdad solo hay más allá.

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