point of departure
octubre 18, 2011 § Deja un comentario
Nuestra situación con respecto a Dios es, ciertamente, más compleja que antaño. Podemos admitir lo que Moisés vió en el monte de Horeb, a saber, que Dios no es nada y que, por eso mismo, es el que llama. Que todo es debido a Dios porque Dios es la incógnita, el nombre que no remite a ninguna imagen de Dios. Que la realidad de Dios cubre con su silencio el mundo por entero. Que el otro es mi hermano porque la humanidad se encuentra huérfana de Dios. Que la Ley que me pone en manos del oprimido es, precisamente, de Dios porque hunde su raíz en la ausencia de Dios. Todo eso podemos verlo. Pero nuestro cuerpo ya no puede seguirnos en esa visión. Desde hace tiempo, el cuerpo se ha quedado sin el único lenguaje que entiende, el de esas imágenes imposibles que nos permiten, estando lejos de la trinchera, acercarnos a la experiencia de un Dios que se encuentra siempre más allá de lo creíble. Esas imágenes han perdido su antigua legitimidad. Pero sin el poder de esas imágenes es muy difícil que quienes no han sufrido la trascendencia de Dios puedan participar de la experiencia de quienes sí la han sufrido. Sin imágenes imposibles a las que aferrarnos solo podemos acercarnos a esa experiencia a través de la reflexión, del cuestionamiento de los textos, del originario y fundamental relegere… cosa la cual no parece estar al alcance de cualquiera. Pero eso probablemente ya lo vieron los rabinos hace dos mil años, cuando comenzaron a sospechar que, a menos que fuera un elegido, a saber, un pobre de Dios, un ignorante no podía ni siquiera intuir nada de Dios. De ahí que para la tradición rabínica el Talmud tenga la misma importancia que la Biblia. Una cosa va con la otra. La experiencia de Dios es, al fin y al cabo, algo demasiado serio, demasiado vital, como para dejarlo en manos de quienes tienen suficiente con sus vibraciones.