los amigos de Peter

octubre 19, 2011 § Deja un comentario

En su artículo una izquierda darwiniana, Steve Pinker, filósofo o algo parecido, defiende la tesis de que el ideal igualitario de las izquierdas ha de tener en cuenta, si no quiere fracasar estrepitosamente, ciertas constantes de la naturaleza humana que, como tales, no son por principio alterables. Se refiere, por ejemplo, al hecho de que tarde o temprano los miembros de un grupo humano acabarán por relacionarse jerárquicamente. No se trata de una opción entre otras, sino de una constante. Es decir, no se trata de una posibilidad, sino de un rasgo característico, de algo que pertenece esencialmente a nuestro modo de ser. Así, una sociedad que pretenda ser igualitaria no puede pretender modificar esta tendencia a golpe de instucción. Al contrario, debe organizarse teniendo en cuenta el carácter inmodificable de esta tendencia. Como cualquiera puede ver, estamos ante una actualización de la antigua doctrina de pecado original: el hombre se resiste en lo más íntimo de sí mismo a ajustarse a los moldes de la vida ideal, a los principios que rigen o deberían regir la vida en común. Y es posible que esta resistencia esté, en última instancia, al servicio del Hombre, esto es, de la especie: pues el medio no siempre selecciona colectivos o culturas, sino a veces individuos. Donde la existencia del grupo se encuentra seriamente amenazada, que siga habiendo humanos por ahí va a depender de que ciertos individuos, los más hábiles o egoístas, se salven de la quema. Ahora bien, la cuestión es qué deberíamos hacer, si estuviera en nuestras manos eliminar esta resistencia, esta tara; si fuera posible, por seguir con el ejemplo de Pinker, cortar por lo sano, tras la debida manipulación genética, esta tendencia instintiva a la jerarquía. La cuestión, en el fondo, es qué pasaría con nosotros, los hombres, en qué nos convertiríamos, si consiguiéramos borrar del mapa el pecado original, la congénita inclinación a ensuciar, pervertir lo más puro. No hace falta ser muy listo para ver que llegaríamos a ser lo que fuimos, bestias felices, pues, nada humano puede darse donde dejamos de estar en falta. O, por decirlo en creyente, no hay hombre que no viva bajo la necesidad de una redención. Como si sólo la revolución de Dios –lo que en cristiano se piensa como una nueva Creacion–pudiera poner fin a nuestro esencial desajuste. Otra cosa es creer que podemos apañárnoslas solos a la hora de hacer tábula rasa del pasado. Pero esto no tiene que ver con nuestro anhelo de redención, sino en todo caso con nuestra ingenuidad.

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