tradición

octubre 19, 2011 § Deja un comentario

Es obvio que, a pesar de la actual secularización, vivimos en una cultura cristiana, pues solo en una cultura de esta guisa pueden darse por sentadas dos cosas que ninguna cultura anterior se atrevió ni siquiera a concebir, a saber, una igualdad por defecto y la fe en las posibilidades de una revolución. Y es que nada de lo que damos aquí por sentado es obvio por sí mismo. Al contrario. Que seamos iguales es algo que solo podemos afirmar ante Dios, pues ante Dios todos somos el mismo huérfano o, si se prefiere, la misma miseria. Sin el Dios que se sitúa siempre más allá del mundo, incluso del sobrenatural, el hombre solo cuenta con su capacidad y es evidente, o debería serlo, que no vive la misma vida quien vive a ras de suelo que quien se cuestiona a sí mismo. O, por decirlo a la manera del viejo Platón, una vida que vaya en pos de lo que le supera tiene más valor que una vida centrada en su ombligo. Por otro lado, la idea de una revolución solo puede darse en el seno de una tradición que no concibe otra redención que la que pasa por la recreación del mundo, hombre incluido, por parte de Dios, pues para esta misma tradición, el hombre, por sí mismo, acaba siempre ensuciando lo que toca. Nuestra secularización debe comprenderse, pues, como un cristianismo sin Dios. Esto es, como una idiotez.

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