templus fugit

octubre 22, 2011 § Deja un comentario

¿Quién no se siente en paz al entrar en una iglesia vacía? Aunque para el caso da igual que se trate de una iglesia o un templo budista: lo esencial es el silencio, el olor, la penumbra… Y para un creyente de cualquier signo resulta igualmente difícil no creer que allí uno entra en contacto con el Espíritu o la nada que soporta nuestra existencia. Como si el templo fuera, ciertamente, la casa de Dios. Por eso es, cuanto menos desconcertante, que los profetas, aquellos que decían hablar en nombre de Dios, no acabaran de hacer buenas migas con los custodios del Templo, los sacerdotes, pues para la tradición profética Dios no habita en el Templo, sino en quienes sufren la falta de Dios. Es posible que algunos digan que Dios se encuentra tanto en los templos como en la indigencia de los hombres. Pero lo cierto es que mientras buscamos a Dios en la paz de los templos o de las cimas, Dios nos viene al encuentro desde la garganta de los pobres. Y quizá no sea causal que, tras la muerte del Crucificado, cuando la cortina del sancta sanctorum del Templo se parte en dos, descubramos que no hay nada ahí, que esa cortina no ocultaba otra cosa que la nada de Dios. Al fin y al cabo, el único templo que Dios puede habitar es aquél en el que se sigue escuchando el clamor insoportable de la miseria.

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