integridad
octubre 30, 2011 § Deja un comentario
Tras la celebración de la eucaristía, una de las presentes, activista por naturaleza, exhorta al personal a comprometerse con las campañas de Oxfam-Intermón para erradicar el hambre. De hecho, ella parece dispuesta a mordernos, si hiciera falta.
Ella: hem de fer-nos socis, si és que volem èsser coherents amb la nostra fe…
Él: luego ¿debemos hacerlo para ser buenos cristianos?
Ella: per què, si no?
Él: pero al hambriento ¿le diremos que le damos de comer porque queremos ser buenos cristianos?
Ella: ja m’estàs liant, com sempre…
Él: no es liarla. En Mt 25 parece que los justos se sorprenden de haber actuado conforme a la voluntad de Dios…
Ella: em sembla molt bé, però aquí us deixo els fulls d’inscripció… que ens faran millors cristians.
Etc, etc.
Comentario de texto
Aunque en clave cristiana, Mt 25 reproduce el problema socrático de la integridad. Y es que no parece que sea posible que el hombre pueda llegar a ser de una pieza desde el conocimiento del sentido último de sus actos. La ignorancia socrática no fue, ciertamente, una pose. Si Sócrates supo vivir íntegramente fue porque su vida estuvo polarizada por una sola búsqueda, la de la verdad, mejor dicho, la de aquello que en verdad tenía lugar, búsqueda por otro lado interminable, pues lo que ocurre en verdad, ocurre solo en la misma medida en que es dejado atrás, olvidado, encubierto por los rasgos sensibles de su manifestación. Pero Sócrates no buscaba la verdad porque creyera que esa búsqueda tuviera un sentido que se ubicara por encima de esa búsqueda. Sócrates quiso la verdad por ella misma. Podemos, ciertamente, saber que una vida solo se mantiene en pie sobre la base de una búsqueda infinita. Pero no podemos meternos de lleno en esa búsqueda con la intencion de que nuestra vida tenga un sentido. Y es que ningún hombre se siente, por ejemplo, inclinado hacia una mujer porque sepa que esa inclinación se encuentra al servicio de la especie. Lo dicho: no es posible integrar el sentido último de lo que hacemos como motivo de nuestra acción. No es posible, si de lo que se trata es de atender a la cosa que nos traemos entre manos, pues el sentido de lo que hacemos, en tanto que abarca la relación entre el sujeto y esa cosa que pretende alcanzar, siempre se contempla desde las gradas, como quien dice, no en medio de la escena. Y es que la reflexividad que exige la captación del sentido último de nuestros actos nos deja inevitablemente fuera de campo. Del mismo modo, un cristiano responde honestamente a la llamada del pobre como si fuera la llamada de su hermano… solo porque Dios –el Dios que se revela en el Gólgota– ha dejado de garantizar el sentido de esa respuesta. O por decirlo en teológico, uno solo puede atender honestamente a la llamada del pobre como la llamada misma de Dios donde la identificación entre Dios y el pobre es tan radical que uno no se siente amparado por ningún Dios donde responde a Dios como pobre. Al fin y al cabo, es el silencio de Dios el que nos obliga a responder al pobre como si solo él fuera nuestro Señor.