mar adentro (y 2)
noviembre 5, 2011 § Deja un comentario
Quienes creen que Dios es como el océano deberían explicarnos cómo es posible la encarnación, el mar en medio de los hombres. En principio, eso solo sería posible como inundación. Pero no parece que Jesús pueda comprenderse como una especie de tsunami. Así pues, no les queda más remedio que decir aquello tan gnóstico de que el agua del mar decidió hacernos una visita vistiéndose de hombre. Jesús solo tendría de humano el aspecto, pues en verdad era agua de mar. Ahora bien, si esta visita puede comprenderse como salvífica es porque, en el fondo, nosotros también seríamos agua. La salvación consistiría, al fin y al cabo, en darnos a conocer este hecho y, de paso, en enseñarnos el camino de vuelta. Jesús, Dios mismo, como maestro de perfección. Todo muy griego, muy oriental. Uno, sin duda, puede creer en esto. Uno puede, ciertamente, suponerlo. Pero su creencia no cuadrará con aquello tan cristiano de ver en la Cruz el sacrificio mismo de Dios. Para un gnóstico Dios, como el océano que es, no puede morir. Tan solo muere su aspecto, su cuerpo. Pero lo cierto es que si Dios no muere donde muere el hombre, entonces el Espíritu de Dios –eso que nos queda de Dios cuando ya no queda nada de Dios ni tampoco nada del hombre– difícilmente alcanzará la eternidad de Dios.