Marción

noviembre 7, 2011 § Deja un comentario

A veces parece que el cristianismo solo sepa hacer las paces con el Dios del AT interpretando aquellos pasajes en donde Yavhé se nos muestra como una divinidad arbitraria, por no decir cruel, como es patente en el libro de Job o en ese fragmento de Isaías en donde Dios se revela como aquél que tanto provoca la dicha como crea la desgracia. Así, es fácil que la exégesis cristiana, sobre todo la de carácter militante, acabe atribuyendo esas revelaciones a las típicas deformaciones de la época. Es cierto que uno no se imagina creando la desgracia a un Dios que se presenta como suma bondad o misericordia, tal y como se entiende por lo común al Dios de Jesús de Nazareth. Sin embargo, esto probablemente tenga que ver con nuestra dificultad para con Dios y, en particular, con esa tendencia tan cristiana de llevar la experiencia de Dios al terreno del gnosticismo. En este sentido, es difícil no caer en el mito, en una determinada imagen de Dios, donde olvidamos que Dios se encuentra más allá de la dicha y la desgracia, que tanto una como otra son debidas a una y la misma trascendencia, aunque, por eso mismo, la voluntad de Dios no pueda ser otra que la demanda de justicia que emerge de la garganta de los pobres. Si tenemos problemas con esos versículos de Isaías o con el Dios que se le revela a Job es porque, al fin y al cabo, no diferenciamos entre lo debido y lo causado. Por eso Marción, el hereje que, en los primeros balbuceos del cristianismo, decidió cortar por lo sano y prescindir del AT, fue más consecuente que muchos cristianos de hoy en día que prefieren mirar para otro lado cuando aparece el Dios judío en todo su delirante esplendor. Sin embargo, si la Iglesia no se decantó por Marción fue porque supo ver que dificílmente podremos confesar que el Crucificado es la encarnación misma de Dios, donde Dios es tan sólo un fantasma bonachón y no aquel que se manifestó a Elías como el silencio que todo lo cubre.

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