the ultimate Platón (o Platón para insomnes)

noviembre 12, 2011 § Deja un comentario

Para nosotros, hombres y mujeres corrientes, lo real son las cosas que nos traemos entre manos, lo que podemos ver y tocar. Y si tenemos una cierta idea de las cosas que nos traemos entre manos es porque nos hacemos una idea de esas mismas cosas. Por eso basta con que tengamos un nombre para cada cosa para que podamos tratar eficazmente con ellas. Sin embargo, lo que viene a decirnos Platón es que, cualquiera que se interrogue sobre lo que se trae entre manos, cualquiera que se pregunte por aquello de lo que en última instancia se trata, llegará a la conclusión de que si sabemos algo de lo que nos traemos entre manos, mejor dicho, si creemos saber de lo que estamos hablando cuando hablamos de algo, es solo porque damos por supuesto que lo sabemos. Es decir, sabemos lo que es la justicia o la belleza o el amor… siempre y cuando no nos lo preguntemos demasiado. Una vez nos lo preguntamos fácilmente caeremos en la cuenta de que en verdad ignoramos eso que creíamos saber. Con otras palabras, por poco que uno piense sobre eso que da por descontado llegará a la conclusión que no posee un saber acerca de eso que da por descontado. Como en el caso del ciempiés, el cual solo sabe mover sus cien pies siempre y cuando no intente ser consciente, mientras los mueve, de cómo llega a moverlos. La sombra de Sócrates es, ciertamente, alargada: el único saber que podemos alcanzar es el que admite que nunca sabemos en verdad de lo que estamos hablando en último término. O también que nunca poseeremos eso que de algún modo sabemos. Es posible que el pensamiento de Platón no pretenda otra cosa que dar con el porqué de esta, cuanto menos paradójica, ignorancia. Y ŀo que ve Platón es que si solo es posible saber que no sabemos nada es porque la realidad misma de las cosas, aquello de lo que se trata en última instancia, permanece siempre más allá de su determinación o aparecer. Es por esto que Platón comprende la distinción entre lo real y el modo en que lo real se hace presente como si se tratara de una distinción entre dos mundos o ámbitos. El dato inicial es que nada nunca se da por entero tal y como se muestra. Los cuerpos bellos, por ejemplo, nunca acaban de ser enteramente bellos, sino siempre bellos desde tal o cual punto de vista, momento o circunstancia. Estrictamente, los cuerpos de los que decimos que son bellos no son en realidad bellos –bellos por entero–, sino solo bellos en apariencia. Un cuerpo bello se muestra siempre como (si fuera) bello… y lo que se muestra como bello no es en verdad bello. De aquí a decir que no hay en realidad belleza, esto es, una belleza objetiva que valga universalmente como tal, sino en cualquier caso diferentes concepciones de la belleza, hay tan solo un paso, el paso que dieron, de hecho, los sofistas. Sin embargo, el quiebro de Platón consiste en ver que si hay diferentes visiones de la belleza es porque hay en realidad belleza. Y es que si podemos decir que las diferentes concepciones de la belleza son, precisamente, de la belleza es porque de lo que se trata en cada caso es de la belleza. Si la belleza no fuera aquello a lo que remiten en última instancia las diferentes concepciones de la belleza –si hubieran tantas bellezas como puntos de vista–, entonces no sería ni siquiera posible comprender las diferentes visiones de la belleza como diferentes visiones o manifestaciones de la belleza. Con otras palabras, no sería posible ni siquiera discutir sobre la belleza, si las diferentes concepciones de la belleza no trataran, en el fondo, de lo mismo. De hecho, es lo que damos fácilmente por descontado, por ejemplo, con las diferentes visiones de un paisaje. Y es que a nadie se le ocurre decir que no haya paisaje porque no exista algo así como un dibujo del paisaje. Cualquiera admitirá que el hecho de que el paisaje siempre se nos dé desde un punto de vista u otro no implica que no haya paisaje. Más bien lo que implica es que la realidad del paisaje siempre se manifiesta relativamente a un punto de vista y, por eso mismo, el paisaje como tal no puede ser objeto de nuestra sensibilidad, no puede ser visto. El paisaje como tal –el paisaje en sí, lo que sería el paisaje con independencia de sus diferentes modos de darse– es algo que solo puede determinarse conceptualmente. O, por decirlo en platónico, la realidad es, al fin y al cabo, una idea. Frente al sofista, Platón sostiene, pues, que hay realidad, pero no al modo de una cosa. La cosa es, en cualquier caso, la manifestación de una realidad que, en sí misma, siempre permanece más allá de su manifestación.

Ahora bien, porque de la realidad tan solo tenemos una idea –porque la realidad es, al fin y al cabo, la idea misma de lo real– el acceso a la realidad tan solo puede ser mental. La visión de la realidad, la captación sensible de las cosas que la representan, exige que la realidad en sí misma no pueda ser vista, sino solo propiamente dicha. Si cabe ver la belleza en los cuerpos bellos es porque la belleza es, en sí misma, invisible. De hecho, un matemático no dice otra cosa cuando sostiene que el paisaje en sí es lo expresado por la función topológica del paisaje. Consecuentemente, esa realidad que se encuentra, como quien dice, por encima de las diferentes visiones de lo real, no es una cosa absoluta. Por eso, porque no hay nombre para lo real, porque lo real no es la cosa, el ente que se corresponde a la palabra «ser», siempre cabe preguntarse por la realidad de lo que nos traemos ente manos. O por decirlo de otro modo, porque lo que tiene lugar no acaba de tener lugar, siempre cabe buscar lo que en verdad tiene lugar. De hecho, deberíamos decir, como acabamos de apuntar, que lo real no es una cosa en absoluto, sino la idea misma de lo real. Hay por consiguiente belleza o justicia o amor, etc., porque la belleza, la justicia, el amor… es lo siempre pendiente, respectivamente, de los cuerpos bellos, las decisiones que aceptamos como justas, el amor que viven quienes se aman en verdad (y es que, dicho sea de paso, los amantes siempre se deben uno al otro el amor que mutuamente se entregan). Y esto es así porque, como decíamos antes, lo real no se da absolutamente, sino siempre en relación con un punto de vista o sensibilidad y, por consiguiente, parcialmente, nunca por entero. Que la belleza de los cuerpos bellos sea siempre relativa a un punto de vista no implica, por tanto, que no haya belleza. Al contrario. Si lo real es lo que se pone de manifiesto, lo que se hace presente de un modo u otro –y nada se hace presente si no es con respecto a una determinada sensibilidad–, entonces la belleza real solo puede darse relativamente, esto es, hasta cierto punto, nunca por entero. Que existan diferentes puntos de vista acerca de lo bello; que un cuerpo bello pueda ser visto como no tan bello; o bien que las decisiones justas puedan ser cuestionadas en nombre mismo de la justicia, etc, no hace sino confirmar que hay belleza o justicia, precisamente, como aquello que se encarna o hace presente, aunque siempre problemáticamente, en los cuerpos bellos o las decisiones aparentemente justas. Por eso mismo, la realidad de lo bello, lo justo, etc, posee al mismo tiempo un carácter paradigmático, arquetipico, normativo, pues si podemos decir que un cuerpo bello no acaba de ser bello o una decisión justa, precisamente como justa, no acaba de ser enteramente justa es porque la belleza o la justicia se manifiestan en los cuerpos bellos o las decisiones justas como esa idea, modelo o exigencia de belleza o justicia a la que los cuerpos bellos o las decisiones justas se encuentran, en principio, sometidos. Si podemos ver esos cuerpos o esas decisiones como bellos o justas es porque se dan bajo la exigencia de ser enteramente bellos o justas. Un cuerpo es bello o una decisión es justa porque aspiran a ser, respectivamente, bellos o justas por entero. En el fondo es como si Platón nos dijera que si las cosas del mundo pueden comprenderse como la manifestación de lo real –si lo real aparece en el mundo– es solo porque lo real en sí mismo no aparece, porque lo real, aquello enteramente otro, es dejado atrás, negado, como quien dice, en el hecho mismo de su manifestación. O por decirlo con otras palabras, porque lo absoluto en sí mismo no se da, porque de la realidad como tal solo tenemos una idea –porque, en definitiva, lo Otro solo puede darse dejando de ser enteramente Otro–, las cosas que nos traemos entre manos se nos ofrecen como la falsificación, la negación misma de lo absoluto, la realidad propiamente dicha. Pero solo porque la realidad es lo siempre pendiente de las cosas que la ponen de manifiesto, porque la realidad es lo que no acaba de darse en su darse, las cosas se encuentran sometidas a la exigencia misma de ser la idea que encarnan. El Ser, lo real en sí mismo, sería, pues, la exigencia misma de Ser. Las cosas son porque, al fin y al cabo, deben ser lo que parecen. La ambigüedad propia de la apariencia resulta, en este sentido, reveladora: el aparecer de lo real solo puede darse como realidad solo en apariencia, esto es, en falso. Hay mundo, pues, porque las cosas, en tanto que sometidas a la idea que representan (re-presentan), pretenden realizar una realidad que, como tal, es irrealizable.

Visto lo visto no debería extrañarnos, pues, que Platón creyera que hay dos modos de encarar la existencia, la de quienes se encuentran sometidos al carácter trascendente de lo real –o también al carácter imposible de lo enteramente otro– y la de quienes están convencidos que lo real es lo que pueden agarrar con sus manos. Los primeros suelen vivir en pos de una realidad que nunca alcanzarán. Los segundos no hacen otra cosa que comerciar con las cosas que les rodean. Pero solo los primeros posean esa entereza que caracteriza una vida íntegra. Como si no hubiera vida más real que la de quien se sabe de otro mundo.

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