de Tarso
noviembre 13, 2011 § Deja un comentario
Quienes, dentro mismo del cristianismo, desprecian la teología como especulación contraria a la experiencia creyente deberían cuanto menos saber que no habría habido cristianismo si los cristianos, del mismo modo que los discípulos de Juan el Bautista, se hubieran limitado a coger el testigo de la causa de Jesús. Esto es, porque el cristianismo nace ya como teología, el cristianismo no puede sobrevivir honestamente al menosprecio de la teología. De hecho, los documentos más antiguos del cristianismo que se conservan, las cartas de Pablo, se enfrentan a una cuestión eminentemente teológica, a saber, aquélla que se pregunta qué deberíamos decir de Dios a la vista de la injusta muerte del hombre de Dios. Pues es obvio –o debería serlo– que no hay revelación de Dios donde la cruz es contemplada desde lo que ya sabemos acerca de Dios. No habría habido cristianismo, si la moraleja hubiera sido que los hombres, una vez más, no aceptaron al profeta, al enviado. Si la especulación teológica va con el cristianismo es porque la confesión cristiana se da de buen comienzo como visión de un acontecimiento imposible –el de Dios como Crucificado– y no como fe en un ideal ni como receta para la felicidad. En realidad, el cristianismo declara lo que nadie que defienda una fe más espontánea podrá aceptar, a saber, que solo el sacrificio de Dios puede hacer al hombre capaz de Dios. Y nada que trate de un Dios imposible puede darse sin la ayuda del vuelo dialéctico en que consiste la mejor teología, ya que solo un discurso que muestre la mutua imbricación de los contrarios puede preservar la indecibilidad de la escena originaria.