nominalismo

noviembre 18, 2011 § Deja un comentario

La cuestión del nombre de la divinidad era, para el hombre antiguo, una cuestión decisiva, casi una cuestión de vida o muerte, pues que el dios de turno pudiera responder a la necesidad de quienes le invocaban dependía de que el nombre que se emplease en el culto fuera de hecho el que tenía que ser. Por eso no deja de ser significativo que el nombre de YWHW sea prácticamente impronunciable y, por consiguiente, inservible para la invocación cultual. En verdad, YWHW suena como una exhalación, un aliento, un lamento. Como si solo el gemido que nace de la garganta de los que no son más que su sufrimiento fuese el único modo de invocar correctamente a Dios. Y teniendo en cuenta que para un antiguo el nombre revelaba la esencia de lo nombrado, una exhalación no puede referirse más que a un Dios que da la callada por respuesta. YWHW es, al fin y al cabo, un Dios extraño, en realidad un antidios, pues, contra los supuestos de la sensibilidad religiosa, es YWHW quien invoca al hombre –es YWHW quien espera una respuesta– y no al revés.

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