al final nuestros orines llenaron la fuente de Duchamp
noviembre 19, 2011 § Deja un comentario
Donde Dios se revela como un indigente –donde la indigencia del hombre ocupa el lugar del poder de la divinidad– no podemos seguir hablando de Dios tal y como los hombres hablamos espontáneamente de lo divino o de las cosas últimas. Ocurre aquí lo que ocurrió en el terreno del arte una vez Duchamp se atrevió a colocar su fuente en la sala de exposiciones, el templo burgués de la belleza: que la belleza de ese urinario ya no podía comprenderse como una nueva representación de una Belleza que en sí misma seguiría encontrándose más allá de sus posibles representaciones. Nos equivocamos, pues, cuando situamos el monoteísmo bíblico como un capítulo más de la historia de las religiones del mismo modo que nos equivocamos cuando colocamos a Duchamp como un capítulo más de la historia del arte: en ambos casos hay una ruptura, una falla, un salto cuántico con respecto a lo anterior. El arte de Duchamp es en esencia antiplatónico y, por extensión, el único arte que puede ser calificado de cristiano. El urinario de Duchamp no representa la Belleza sino que la encarna por entero. Es decir, quien admite la belleza del urinario de Duchamp ya no puede aceptar una belleza más allá de ese urinario, pues reconoce que no hay más belleza que la que encarna eso que, según la tradición, en modo alguno puede ser bello. El urinario de Duchamp se da como bello porque es lo único que nos queda de la Belleza cuando ya no nos queda nada de la Belleza más allá. O como decía Hegel, el espíritu es un hueso, pues, la calavera se carga con el aura de lo sagrado, esto es, deja de ser solo un recuerdo, cuando dejamos de creer que aquél que murió sobrevive en el más allá a la manera de los fantasmas. Así, solo pueden ver al Crucificado como el Señor aquellos que, por sufrir el abandono de Dios, ya no pueden creer en un Dios más allá del Crucificado. No es que la Cruz, la pétrea irrupción del Mal, demuestre que no hay Dios. Más bien lo que demuestra, aunque solo para quien sabe verlo, es que de Dios solo tenemos un Crucificado. Ciertamente, la quiebra del más allá carga con el aura de lo divino a quien se encuentra en el límite del mundo. Tan solo quien ha visto que no hay nada más allá –o, por decirlo a la mística, solo quien ha visto la nada de Dios en el más allá– puede cargar sobre sus espaldas el peso de Dios. Y, así, porque Dios se sitúa fuera de campo –porque Dios renuncia a su divinidad– Dios puede identificarse con los parias de este mundo, cuyas vidas, embrutecidas por la pobreza, son cualquier cosa menos ejemplares.