Antichrist (1)
noviembre 20, 2011 § Deja un comentario
No tengo muy claro qué pretendió decirnos Lars von Trier con su Antichrist, pero al menos una cosa parece destacar por encima del resto, a saber, la conviccion de que el Mal no puede ser doblegado por la razón. Que el Mal no es una enfermedad o, en el preciso verso de Albert Balasch, que el mal és absolut. Es por eso –porque el Mal no puede ser redimido– que el Mal exige el sacrificio del cuerpo que lo encarna. El Mal no es simplemente ignorancia o ausencia de bien. El Mal no es desequilibrio, sino acaso aquello más real –más inalterable– de una vida no sometida a los dictados del mito, el cual, bajo la capa de la racionalidad, se ocupa de separar la luz de la oscuridad, cuando lo cierto es que lo uno no puede darse sin lo otro. Satán existe, pues, y coincide con una naturaleza en la que el goce solo logra realizarse como crueldad. Con todo, el sacrificio de la bruja, esa mujer cuya feminidad se halla escindida de la maternidad, no acaba con el Mal. Y es que, como en los exorcismos fracasados, Satán termina habitando el cuerpo de quien mata a Satán. Pues solo con el espíritu de Satán puede el hombre ahogar a la bruja. En este sentido, es posible que los hombres que quemaron a miles de endemoniadas a lo largo de la Edad Media se tomaran más en serio la efectividad del Mal que nuestros psiquiatras, los cuales aún creen, quizá con un exceso de ingenuidad, que el Mal es un asunto del que debería ocuparse la técnica. En esta soterrada convicción reside la verdadera provocación de von Trier y no en las escenas pornogore del último tramo de la película, las cuales no van mucho más allá de impacto que provocan.
