tabú
noviembre 21, 2011 § Deja un comentario
La Ley, para un judío, es lo que el hombre debe hacer para preservar el aliento de Dios. Pues sin Ley es difícil que pueda seguir estando presente lo que debe seguir estando presente, al fin y al cabo, la aparición de lo Otro. La Ley es la huella de esta aparición. Es cierto que muchos prefieren olvidar. Es cierto que muchos de los que sobrevivieron a los campos, por ejemplo, aún se resisten a hablar del asunto. Sin embargo, es igualmente cierto que algunos siguen conservando su número en el brazo. A pesar del dolor, creen que deben hacerlo para tener presente aquello a lo que les obliga precisamente ese dolor. En este mismo sentido, también podríamos decir que no todo en el cuerpo del otro debe estar disponible para saciar nuestro deseo, si de lo que se trata es de preservar la huella de su alteridad. El tabú tiene que incidir en ese cuerpo, pues de lo contrario y teniendo en cuenta que necesitamos comer, difícilmente reconoceremos el carácter otro de su presencia. Sin Ley todo se encuentra sometido a la implacable erosión del tiempo o a la voracidad de un deseo que no puede soportar ninguna alteridad. Por eso resulta cuanto menos sorprendente que Pablo diga aquello de que la Ley no salva, a pesar de ser de Dios. Ahora bien, si puede decirlo es porque, a diferencia de muchos cristianos de hoy en día, sabe perfectamente que donde hay Ley, el hombre no puede poseer un corazón puro. O bien porque la prohibición engendra de por sí un impulso transgresor; o bien, porque tarde o temprano nos serviremos de la Ley para creer que la elevación es debida a nuestro mérito. La antropología de Pablo es, ciertamente, incompatible con la de nuestros tiempos: para Pablo, el hombre, por sí mismo no puede salir de sí mismo, pues el hombre no puede soportar durante demasiado tiempo la altura de Dios. Tarde o temprano, recurrirá a la Ley de Dios para curvarse de nuevo sobre su propio ombligo. O creerá que merece lo que en su día recibió como indigente. De ahí que un cristiano no pueda admitir lo que modernamente damos por sentado, a saber, que el hombre es bueno por naturaleza y que de lo que se trata es de proceder metódicamente para desembarazarse de todo aquello que encubre nuestra bondad natural. Esto es, como sabemos, gnosticismo. Y, por eso mismo, no cabe ser cristiano donde podemos concebir una salvación ligada a una Ley que pretende garantizar la cercanía de Dios, cuando lo cierto es que, si alguien se encuentra cerca de Dios es porque Dios decidió acercarse al hombre por medio de su propio sacrificio. Pues solo sometido a la deuda que supone el sacrificio mismo de Dios, puede el hombre responder a Dios.