… pero tampoco papá
noviembre 22, 2011 § Deja un comentario
Cuando el rigor de la Ley se hace insoportable –cuando con el paso de los días caemos en la cuenta que nunca estaremos a la altura de la inviable demanda de Dios– necesitamos creer en la posibilidad de un consuelo infinito. Dios se revela, entonces, como madre. De ahí a que en verdad sea una madre media, sin embargo, una gran distancia. Dios en realidad no es ni papá ni mamá, sino que se da como papá o mamá… según la necesidad del hombre. Es decir, del lado del hombre Dios es visto de un modo u otro, pero del lado de Dios no podemos decir que Dios sea una cosa u otra. Para la Biblia judía, Dios se encuentra siempre más allá de cualquiera de sus epifanías, pues lo que podamos decir con respecto al modo de ser de Dios depende siempre de la situación del hombre. Así, porque Dios se muestra de un modo u otro siempre en relación con esa situación, Dios, para la existencia judía, nunca acaba de darse por entero. De hecho para un judío, Dios es principalmente Señor, lo cual significa que tanto la luz como la oscuridad, la dicha y la desgracia, frente a las tentaciones maniqueas, son debidas a una y la misma trascendencia. Como si luz y oscuridad, bendición y maldición, fueran los dos lados de una misma moneda… que, en sí misma, todavía está por ver. O, por decirlo con otras palabras, el mundo en su totalidad, incluidas las diferentes visiones de Dios, penden del hilo de la voluntad de Dios. Ninguna de las manifestaciones de Dios resulta pues decisiva para el hombre. Ninguna de las diferentes epifanías resuelve de una vez por todas qué pueda ser Dios. Del lado de Dios nada está decidido aún. Es por esto que, del lado del hombre, la relación con Dios nunca podrá desprenderse de las oscilaciones propias de la Historia, pues cuando en un momento dado necesitamos creer en la bondad infinita de Dios, tarde o temprano encontraremos a faltar la firmeza paternal de un Dios que juzga al hombre. Y, por eso mismo, un judío jamás podrá aceptar lo que un cristiano confiesa abiertamente, a saber, que Dios se da por entero en un Crucificado. Pero es posible que solo la Cruz pueda revelarnos que no hay juicio más definitivo que el de un Dios que, humillado hasta la muerte, perdona lo que ningún hombre puede honestamente perdonar.